Navegantes portugueses y las especias

El lector sabe que solo tiene que ir al supermercado de la esquina y en el expositor de las especias encuentra botecitos de pimienta, clavo, nuez moscada, canela, comino, cúrcuma…, lo que busque. Y a unos precios que están al alcance de cualquier bolsillo.

Hace cinco siglos la situación era muy distinta. La única especia que se producía en Europa era el azafrán. Las restantes procedían de las regiones tropicales de Asia y de las islas Molucas, en Indonesia. Cuando llegaban a Europa, después de pasar por muchos intermediarios, alcanzaban precios exorbitantes.

La pimienta aumentaba su precio treinta veces; la nuez moscada, seiscientas veces. Un negocio de ese calibre solo es comparable al de la cocaína en nuestros días, solo que entonces era perfectamente respetable.

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—¿Y no se pueden arreglar sin especias?

—¡Qué dice, hombre de Dios! Ninguna familia europea que haya alcanzado un mediano pasar puede prescindir de las especias.

Las clases acomodadas se alimentaban casi exclusivamente de carne.

—¿Y las verduras, y las legumbres?

—Eso queda para los pobres, gente desaprensiva capaz de comerse el paisaje.

Llegados los fríos escaseaba el forraje y había que sacrificar mucho ganado. Aquella carne se salaba o ahumaba para consumirla a lo largo del invierno. Había un problema: para cocinarla era preciso desalarla e hidratarla, pero al remojarla se tornaba bastante insípida.

En una mesa pudiente medianamente servida aparecían hasta seis platos sucesivos de carne, lo que planteaba un problema: ¿cómo conseguir que la misma carne insípida adquiriera distintos sabores en sucesivos platos?

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La solución consistía en adobar la carne con una variedad de salsas especiadas. La combinación de pimienta, clavo, canela y nuez moscada en distintas proporciones permitía confeccionar cinco o seis recetas diferentes a partir de la misma carne simplona.

Otro efecto de las salsas especiadas era el de disimular los sabores de una carne medio putrefacta (frecuente en un mundo sin refrigeración), así como los de la salvajina, ese hedor que desprende la carne de caza mayor (jabalíes, muflones…).

También se adobaban las bebidas: una cerveza mediocre se mejoraba con jengibre; el vino picado, con canela y clavo.

Las especias además tenían un uso medicinal: los galenos de la época quizá no alcanzaban a conocer sus propiedades bactericidas y fungicidas, pero en cualquier caso las recetaban en la creencia de que su consumo regulaba los humores de los que dependía la salud.

En fin, que las especias de la India eran insustituibles. Habían sido siempre productos caros, pero su escasez en el siglo XV los puso por las nubes. Marco da Rismini y sus colegas los mercaderes genoveses y venecianos dedicados al comercio de especiería estaban desesperados. ¿Qué hacer?

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Marco da Rismini tenía entendido que en Portugal había un príncipe loco que se había propuesto llegar a la India rodeando África, pero pensó que sin duda fracasaría como fracasaron los Vivaldi.

El príncipe loco al que Marco da Rismini aludía, no era otro que el infante don Enrique el Navegante, quizá la figura histórica más querida de los portugueses. Don Enrique fue hijo, hermano y tío de reyes, pero felizmente nunca le tocó reinar. Libre de las ataduras de tan alto cargo, pudo consagrar su vida a explorar el océano y desvelar sus misterios.

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Don Enrique el Navegante.

Para entender su locura, más bien cordura, invito al lector a visitar la punta de Sagres, el lugar desde el que dirigió sus empresas. Sagres es un promontorio rodeado de acantilados que se adentra en el Atlántico, en la misma barbilla del mapa de Portugal. En la punta más extrema del promontorio, rodeado por el océano, uno se creería en la afilada proa de una nave de piedra a punto de levar anclas, largar velas y hacerse a la mar.

¡Sagres! ¡Abarcar con una misma mirada los mares del sur y del oeste! ¡Contemplar la curvatura del inmenso océano mientras sientes en el rostro las ráfagas de viento salino cargadas de yodo y percibes el batir de las olas al pie de los acantilados! Esa vivencia, que inspiró a Saramago su novela «La balsa de piedra», inculcó también a don Enrique el Navegante la pulsión de explorar el misterioso océano.

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Veamos ahora el contexto. A comienzos del siglo XV Portugal atravesaba una grave crisis económica que amenazaba la estabilidad de la monarquía, la casa de Avís recientemente instaurada. Mientras los portugueses malvivían de la pesca y del escaso comercio, panzudas naos cargueras procedentes del norte de Europa pasaban de largo por sus costas.

—¿Adónde van, padre? —había preguntado don Enrique niño al rey, su padre.

—Van a una ciudad de los moros que se llama Ceuta. Allí hay un gran mercado donde ingleses, flamencos, genoveses y venecianos se surten de esclavos negros, oro, marfil y especias.

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Creció don Enrique ávido de saber. De muchacho bajaba a diario a los muelles del puerto de Lisboa, donde recalaban algunas naos bálticas camino de Ceuta. Un mercader lisboeta, hombre viajado por el mundo, lo informó de aquel comercio que enriquecía a los países cristianos y apenas dejaba migajas en Portugal.

—Señor, Ceuta recibe los esclavos y el oro del país de los negros, en caravanas que atraviesan el desierto de África por la ruta de la sed y del espanto.

—¿Y las especias y las sedas?

—Esas las traen otras caravanas de Alejandría y de Oriente.

Después de breve reflexión, el mercader añadió:

—La verdadera riqueza está en los productos de além mar (ultramar).

comerciante canela

Los productos de além mar. ¿Cómo hacerse con ellos? Con apenas veintiún años el infante don Enrique ideó un ambicioso plan. Si Portugal se había formado como nación peleando contra los moros y reconquistando su territorio, ¿por qué no conquistar Ceuta que también es de los moros?

El plan de don Enrique convenció al rey. Armaron una escuadra de doscientas barcazas y se adueñaron de Ceuta y de sus almacenes. ¡Qué riquezas! El botín compensó sobradamente los gastos.

—Ahora a sentarnos y esperar. Recibiremos las caravanas y comerciaremos con la cristiandad —se prometió el príncipe.

¡Luso iluso! Mal conoces a los moros. Dolidos con la pérdida de su emporio, rehusaron cualquier trato con los cristianos y prefirieron desviar sus caravanas hacia otros mercados. El príncipe don Enrique no se resignó.

—Si el oro y los esclavos no vienen a nosotros, ¿por qué no vamos nosotros a ellos?

—Imposible —replicó su padre—. Los moros meriníes dominan África y el desierto. No somos tan fuertes como para conquistar su reino.

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—No atravesaremos el desierto, padre —adujo el príncipe—. Iremos por mar.

El rey enarcó una ceja.

—¿Por mar?

—Claro. Descendiendo por la costa. Dejaremos atrás el desierto y comerciaremos directamente con los negros.

—¿Con qué naves?

—Con carabelas, padre. Son rápidas, ligeras, fáciles de maniobrar, de poco calado y tienen una apreciable capacidad de carga.

—Pero las carabelas son naves de cabotaje —objetó el rey—. Navegan sin perder de vista la costa.

—Eso era antes, padre —dijo don Enrique—. Ahora tenemos innovaciones como el timón de bisagra, la brújula y los nuevos instrumentos de navegar que permiten a los pilotos guiarse por los astros.

—¿Por los astros?

—Sí, padre, perdiendo de vista la costa. Sin ver tierra es posible orientarse por medio de las estrellas. El piloto sabe en todo momento dónde se encuentra su nave. Calcula la latitud mediante el astrolabio que determina la altura y posición de las estrellas, y la longitud, por la estima de lo recorrido en la dirección marcada por la brújula.

—Adelante, entonces —concedió el rey—. Pide cuanto necesites para el proyecto.

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Don Enrique se rodeó de expertos marinos que lo aconsejaran sobre carabelas y navegación. Algunas carabelas usaban velas redondas (cuadras), otras las usaban latinas (triangulares), pero también podían equiparse con aparejo mixto (vela latina en un mástil y cuadra en otro) de manera que se adaptaran a los diferentes vientos. La vela cuadra era ideal para los vientos de popa; la latina, para navegar de bolina, o ciñendo, con vientos contrarios, en zigzag.

Bajo la entusiasta supervisión del príncipe, los marinos portugueses se lanzaron a explorar el océano y colonizaron algunas islas que hasta entonces habían permanecido deshabitadas.

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—Ahora nos toca bajar más allá del desierto, al país de los negros—dijo el príncipe.

—Señor —objetó su piloto mayor—. Bajar por la costa de África presenta un grave inconveniente: ningún marino en su sano juicio se atreverá a rebasar el cabo del Miedo.

—¿El cabo del Miedo? —preguntó el príncipe apartando su mirada del mapa que estaba consultando.

—Sí, señor. Está un poco más debajo de las Canarias. Algunos se han atrevido a descender de ese punto y todos han perecido. En realidad, se llama Bojador, pero lo conocemos por cabo del Miedo porque todo el que lo desafía perece.

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El príncipe don Enrique consultó sus mapas. En algunos, el cabo Bojador aparecía como caput finis Africae; el cabo donde África termina. En un viejo portulano árabe lo encontró señalado como Abu Jatar, «el Padre del Peligro».

Más allá del cabo se extendía el mare Tenebrosum y el mapa dibujaba una especie de monstruo marino, una serpiente gigantesca que enroscaba entre sus anillos a una nave y devoraba a un tripulante.

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El príncipe don Enrique era un hombre del Renacimiento, científico, alejado de supersticiones medievales. Consultó el asunto con sus marinos.

—En esas regiones que quiere explorar el príncipe el océano está poblado de enormes leviatanes que atrapan las naves y engullen a sus infelices tripulantes —aseguraba un viejo piloto.

—Nada de eso —replicaba otro más joven y viajado—. Eso son cuentos de viejas. Lo que ocurre es que la temperatura del agua aumenta según nos alejamos del polo y nos aproximamos al ecuador de la Tierra. Rebasado el cabo Bojador, el calor incendia las velas y abrasa los pulmones.

Eran dos maneras de considerarlo. En lo que todos estaban de acuerdo era en que el cabo del Miedo, Bojador, era el límite que un navegante prudente jamás debía rebasar. La propia Providencia lo advertía al descontrolar la aguja de las brújulas al llegar a esa zona.

—¿Te convences ahora de que tu proyecto es imposible? — preguntó el rey.

—No me convenzo, padre —replicó don Enrique—. Yo no creo en monstruos ni en mares hirvientes. Creo que toda creencia heredada debe ponerse en cuarentena hasta que se comprueba su certeza.

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Entre 1424 y 1433, el príncipe envió hasta quince expediciones al cabo Bojador. Ninguna consiguió rebasarlo: la sedimentación de las arenas arrastradas por el viento del desierto creaba en sus proximidades una cadena de veinticuatro kilómetros de peligrosos bajíos mezclados con arrecifes.

A cinco kilómetros de la costa apenas había un metro de fondo. Cuando el piloto creía navegar en mar abierto, la combinación de alisios del noreste y corriente norecuatorial impulsaba la nave contra los escollos y, antes de que la marea pudiera salvarla, ya la habían deshecho las potentes olas producidas por las corrientes marinas al colisionar con los bajíos.

—Eso tiene explicación —reconocieron sus marinos finalmente—, pero ¿y el descontrol de la brújula?

—La aguja imantada se afecta porque muchos arrecifes están formados de rocas ferrosas —dijo el príncipe.

—Lo peor es que el viento siempre sopla hacia el sur — argumentaban los pilotos—. ¿Cómo podrá regresar una nave si el viento no sopla jamás hacia el norte?

—También para eso encontraremos una solución —dijo don Enrique.

Bajo su mando había audaces pilotos capaces de encontrarla. Corría el año 1434 cuando uno de ellos, Gil Eanes, que ya había fracasado en dos intentos, decidió probar por tercera vez.

Aparejó una pequeña carabela de treinta toneladas movida también a remo y descendió en navegación de cabotaje, como era costumbre, sin perder de vista la costa africana, hasta las proximidades del fatídico cabo del Miedo, pero antes de llegar a él se alejó de la costa hasta perderlo de vista en busca de aguas inexploradas y más seguras, practicando la novedosa navegación de altura.

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Gil Eanes.

¡Eureka! O, dicho en portugués, encontrei! Gil Eanes regresó a Sagres a comunicarle la nueva a don Enrique.

—Señor, los peligros de escollos y corrientes están en la costa, pero al perder de vista la costa, las aguas son profundas y perfectamente navegables y además los vientos dominantes allí, que la gente llama alisios, soplan desde el noreste y te llevan hacia el sur.

—¿Hacia el sur?

—Sí, señor, recuerde que muchos marinos se niegan a descender más allá de las Canarias porque creen que nunca podrán regresar debido a los dominantes vientos del norte, pero cuando te alejas de la costa un día de navegación soplan vientos del sur que favorecen la volta de las naves.

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El infante don Enrique convocó a sus mejores pilotos en la sala de Sagres.

—Para llegar al país de los negros y del oro navegaréis de cabotaje por la costa africana, pero, antes de llegar al cabo Bojador, os apartaréis un día de navegación con rumbo oeste navegando por los astros y, después, superado el cabo, aproáis a sureste y buscáis de nuevo la costa hacia el sur. Para la volta hay que proceder de manera parecida: adentrarse en el mar unos días, en verano, hasta encontrar vientos débiles, pero que vienen del sur, para poder enfilar hacia las Azores. Desde allí, ya sabemos que se alcanza bien Portugal. Que sea un secreto —advirtió don Enrique—. El que lo divulgue a extraños es reo de horca.

Los marinos más veteranos, poco aficionados a las novedades, acuñaron un prudente refrán: «Quem passara o cabo de Non, ou voltará ou non», pero los jóvenes dominaron pronto la navegación de altura que favorecía la volta da Mina o volta do Sargaço.

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