Martha Graham

“Me siento absorbida por la magia de la luz y el movimiento. El movimiento no sabe mentir. En él reside la magia de lo que llamo el espacio exterior de la imaginación. Ese universo externo es ajeno por completo a nuestras vidas, y en él, a veces nuestras mentes divagan. Puedes encontrar un nuevo planeta, o puede que no lo encuentres, pero éso es lo que los bailarines hacemos”.

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Martha Graham (1894 -1991)

¿Quién fue Martha Graham?

Martha Graham nació el 11 de mayo de 1894, en Allegheny County, Pennsylvania. La mayor parte de sus años de formación transcurrieron en la costa oeste. Su padre fue un médico especializado en el diagnóstico de trastornos nerviosos, especialmente convencido de que el lenguaje del propio cuerpo y sus movimientos podían expresar con total honestidad el estado interior del organismo. Esta idea, esta proclama casi religiosa, tuvo un inmenso impacto en la mentalidad de la niña Martha, quien ensalzaría el movimiento como fuente primera de pasión y sentimiento.

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“Cuando empecé, no me interesaban los personajes o las ideas. Mi interés fundamental era el movimiento. No me interesaba resultar hermosa a los demás, sino expresar el verbo profundo de mi cuerpo a través de mis movimientos”.

El privilegio de la danza atrajo su atención de un modo casual, inocente, y sin embargo, ¿qué instintos no despertaría en su interior que a los diecisiete años decidió formar parte de una escuela de arte orientada a jóvenes? La leyenda comenzaba. En 1911 la bailarina de ballet Ruth St. Denis actuó en el Mason Opera House, en Los Ángeles, ante la mirada atenta de una niña que encontró su destino en una noche cualquiera:

“Fui al teatro un día, vestida de negro y con un sombrero que mi padre me había regalado. Puso un ramillete de violetas en mi pecho, y cuando las cortinas se abrieron, y Ruth St. Denis apareció frente a un público hipnotizado, supe que mi destino estaba decidido”.

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Cuatro años después, Martha se unió a la escuela Denishawn, en Los Ángeles, fundada por, ¡oh, ironía!, Ruth St Denis y Ted Shawn, y durante ocho años no tuvo más hogar.

De la mano de Shawn, Martha consiguió mejorar su técnica, y convertirse finalmente en una bailarina profesional.

En 1920 realizó su primer espectáculo, interpretando a una doncella azteca atacada por un villano, personificado por el propio Shawn. El drama y la emoción de sus movimientos captó la atención de todos los críticos, así como la de un público fascinado por la presencia en el escenario de una mujer fuerte y pasional.

En 1923 dejó la escuela Denishawn y se trasladó a The Greenwich Village Follies, lugar en el que tuvo la oportunidad de desarrollar y expresar su talento como coreógrafa. Aunque esta iniciativa le aportó la suficiente seguridad económica como para poder sentirse libre y tranquila, Martha anhelaba encontrar un lugar con más repercusión social y artística en el que poder explayar su imaginación y desvestir su sentido de la innovación. Y sus deseos encontraron sazón.

The Eastman School le proporcionó la oportunidad de trabajar al margen de los lastres impuestos por los espectáculos públicos, siempre dependientes del agrado popular, y trabajar de un modo abierto e inspirado. Su ojo avizor captó el talento a su alrededor, y pronto comenzó a reclutar jóvenes bailarines entregados con pasión al nuevo estilo que la maestra promovía. Este ansia creador divagó durante años caldeando los inicios de una revolución artística y social que estremecería los cimientos de las artes corporales. A su palabra, la danza dejó de ser una mera representación de lo hermoso y apropiado; la danza fue por fin arte.

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“No existe tal cosa como un artista adelantado a su tiempo. El artista pertecenece a su tiempo, el problema es que lo demás están atrasados”.

Martha expresó con soltura sus expectativas, criticó desabrida las escuelas y movimientos, ejerció de líder para una nueva generación de jóvenes que se asfixiaban bajo la rotundidad de los límites impuestos. La danza debía ser pasional, debía ser teatral, debía expresar emociones y provocar reacciones en el espectador. Y las reacciones no tardaron en llegar. ¿Cómo osaba una mujer realizar semejantes acrobacias en el escenario?, ¿cómo una señorita usaba tan obscenos movimientos sexuales para horrorizar a las mujeres e hipnotizar a los hombres? Al albor de su talento, fundó la Martha Graham School of Contemporary Dance en Nueva York.

La primera obra representada fue Frontier, una amarga letanía sobre la pasión de las mujeres pioneras e innovadoras. Junto a ella trabajaron dos hombres que se convertirían en piezas claves de su obra: Isamu Noguchi, un escultor americano-japonés que sustituyó los tradicionales fondos vacíos por escenas repletas de vida y movimiento, con objetos tridimensionales, y Erick Hawkins, un joven bailarín que Martha introdujo en su compañía. Juntos trabajaron en grandes espectáculos; uno de los más celebrados por la crítica y el público fue American Document, un espectáculo que analizaba la independencia americana y la vida de Abraham Lincoln.

De estos días data una anécdota curiosa que refleja el temperamento de la artista, capaz de rehusar a detractores y aduladores por igual. A principios de 1935, una carta llegó a su hogar. En el remitente, la insignia de la indestructible Alemania Nazi: la invitación para los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín. La respuesta de Martha fue contundente:

“Resulta imposible para mí bailar en Alemania en estos días. Tantos artistas a los que conozco y respeto están siendo perseguidos y privados del derecho a trabajar por absurdas y ridículas razones, que resulta impensable identificarme, en el caso de aceptar la invitación, con el régimen que ha provocado semejante situación”.

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Gran parte de su obra tuvo una tremenda repercusión social, recogiendo a través de su danza los lamentos de la sociedad destruida y maltratada a su alrededor. Chronicle, contra el imperialismo, Deep Song, sobre la guerra civil española, así como Primitive Mysteries y Frenetic Rhythms, inspirados en leyendas y tradiciones mejicanas e indias.

Así mismo, la mitología y los estragos de las culturas menos afortunadas tuvieron cabida en su imaginación creativa. Medea apareció sobre el escenario, revuelta y poseída; el Minotauro horrorizó con su furia imperiosa; Edipo recuperó su trono.

En 1948, Martha contrajo matrimonio con Erick Hawkins. Su tumultuosa relación acabó destruida un año después, y aunque la bailarina intentó mantener intacta su relación profesional, Erick salió para siempre de su vida:

“Erick bailaba en mi compañía, y poco a poco comenzamos a enamorarnos el uno del otro. Vivimos nuestra pasión durante ocho años, y entonces él pensó que sería adecuado que nos casáramos. Me negué, pero su reticencia acabó venciendo. En ese noveno año, todo se derrumbó”.

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En 1955, la bailarina engendró una de sus obras más notorias y exponenciales: Seraphic Dialogues, una obra poderosa y excitante en la que simbolizaba la vida de Juana de Arco. Mujer fuerte y temperamental, Martha sintió la pasión ajena de otras mujeres como propia.

A pesar de su edad, la bailarina continuó trabajando, creando y dirigiendo espectáculos hasta el final de los sesenta. En 1970, anunció su retirada.

La desesperación plagó su vida de dolor. La mujer que había usado su cuerpo para hablarle al mundo, encontraba su boca parca de palabras. A la caída le siguió la depresión, y a la depresión la pérdida de toda esperanza. La oscuridad cegó a la mujer:

“Los bailarines tenemos que morir dos veces: la primera vez, cuando aquel cuerpo fuerte y entrenado ya no responde a las órdenes y a los mandatos. Después de todo, coreografié lo que podía bailar. Nunca inventé un espectáculo en el que no pudiera hacer ciertos movimientos. Me vi forzada a modificar algunos pasos en Medea y otras obras. Pero lo sabía, y me atormentaba. Sin la danza, moriría”.

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“El cuerpo es capaz de decir aquéllo que las palabras no pueden”.

Sin embargo, tres años después, su genio creador volvió a sentirse fecundo, y se nutrió de jóvenes talentos que representarían con igual pasión las divagaciones de su mente. Creó Lucifer y La letra escarlata para Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn. De nuevo, ríos de tinta corrieron embelesando el nombre de esta artista provocadora:

“Muchos me preguntaron por qué decidí crear Lucifer. Lucifer es el portador de la luz. Perdió la Gracia, y se burló de Dios, y fue expulsado del Cielo. Se convirtió en mitad humano y mitad divinidad, y su parte humana le instruyó en los terrores, anhelos y pasiones de los humanos. Se convirtió en el portador de la luz, y todo artista es portador de luz”.

La bailarina poderosa se había convertido en una anciana respetada y de sabiduría inconmensurable. Los reconocimientos la siguieron alrededor del mundo. Las naciones se posaban a sus pies. Y por encima de toda recompensa, las musas no se apartaban de su hogar.

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“La tristeza es una enfermedad comunicable”.

Pero todo lo que existe es finito por definición, porque lo eterno acaba siendo incorpóreo, termina siendo una ilusión. Y Martha no fue una ilusión. El día 1 de Abril de 1991, la dama de la guadaña se acercó a su cama, y segó la brillantez de una artista de tal facundia, que a la edad de 97 años seguía trabajando para un espectáculo que nunca vio la luz.

“A menudo me preguntan si creo en la vida después de la muerte. A mi edad, he de creerlo. Creo en la santidad de la vida, y la continuidad de nuestra energía tras el fin. Pero no me interesa el anonimato de la muerte. Vivo en el día, y es el día lo que me importa”.

Medir la influencia de Martha Graham en la cultura y el arte actuales es tan absurdo como pretender asir el mar con las manos. Actores, directores, cantantes, fotógrafos, bailarines y compositores han clamado a la musa del siglo XX. La mujer que engendró en su intelecto una nueva forma de libertad social, artística y sexual. Martha Graham es a la danza lo que Picasso a la pintura: un fulgor de ígneo tacto que todo arrasa y nutre, una genialidad desnuda de mirífica osadía, una pasión que se ahoga entre los límites de la razón.

Martha Graham es una de las influencias más notables en la vida y obra de Madonna. La pasión, el nervio, y el drama con los que la cantante ha impregnado su trabajo a lo largo de tantos años es la herencia y el legado de otra mujer de tamaña profundidad, capaz de impactar, alterar y celebrar la danza con tal brillantez, que a su paso se fragmenta la historia del arte. ¡Qué generosa la fuente capaz de anegar desiertos ajenos!

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El impacto artístico que la obra de Martha tuvo y tiene sobre Madonna es evidente. Cuando en 1999, Larry King le preguntó quienes eran sus influencias más prolíferas en el mundo de la danza, la cantante contestó parcamente: Martha Graham.

En 1994, Madonna escribió un artículo para la revista Harper’s Bazaar en el que rendía homenaje al mito de la danza. En las fotografías que acompañaron al artículo, la cantante intentó imitar los movimientos que revolucionaron la concepción artística del baile.

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En el año 1998, Madonna grabó el vídeo para el primer sencillo extraído de su disco “Ray of Light”. Dirigido por Chris Cunningham, Frozen resultó ser el crisol en el que se licuaban diferentes inspiraciones artísticas, entremezclándose y destilándose mutuamente. Rodado en el desierto de Mojave, el negror de las arenas quiso recordar la melancolía y la tragedia de una película que conmovió a Madonna: El paciente inglés.

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A su vez, el director quiso revivir bajo la mirada de la noche aquellas figuras míticas presentes en los cuadros del pintor simbolista y pre-rafaelita Waterhouse. La cantante se transformó en una figura mística, una suerte de hechicera medieval encofrada entre las montañas, vigilando con su fría mirada el discurrir de los tiempos. Sin embargo, una mónada de vida empapó el vídeo, y vino, como no podía ser de otro modo, de la mano de Martha Graham.

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Cubierta de gasas negras, Madonna se retuerce, estremece y desploma sobre las frías arenas del desierto, en una retahíla de imágenes profundas y misteriosas que celebran de un modo tácito obras como Medea de Martha Graham. El drama y la pasión de sus movimientos son un elogio sin palabras a la labor de una mujer capaz de despojar el arte de toda quietud, para provocar una reacción en el espectador.

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La labor del arte es destruir los prejuicios de la sociedad, derribar las barreras de la sinrazón, aniquilar los lastres de la ignorancia. El arte es un arrebato de luz, una orgía de los sentidos, el éxtasis de todo sentimiento. Martha Graham se enfrentó a la sociedad de su tiempo para regar con su sangre la muerta sabia de una danza parca y alígera.

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Si los genios existen, Martha Graham fue un exquisito y rotundo ejemplo de brillantez y pasión, una maestra que impartía vida y muerte con igual pleitesía, porque como ella misma dijo: “La danza es el lenguaje sagrado del cuerpo”.

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2 comentarios en “Martha Graham”

  1. La verdad que Martha Graham fué una de las bailarinas contemporáneas de una extremada elegancia, tanto en su manera de actuar, como en su vida. Jamás dió un escándalo.

    Al igual que Margot Fontaine, o la Maia Plisetskaya, y otras tantas que crearon escuela.

    Sinceramente con todos los respetos para la “reinventada”, no le llega ni a las suela de la zapatilla a ninguna de las tres por mucho que lo intente bajo mi punto de vista, las tres, son bailarinas clásicas, con un bagaje digno de mención, y en este caso (aunque sea partidaria de la reinvención), no deja de ser una muy mala copia “la reinventada” con cualquiera de las tres..

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  2. más que la persona me sorprendió la hermosa forma de escribir del autor de la nota, mis felicitaciones, ha conseguido derrumbar mi ignorancia sobre esta persona, muy agradecida.

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