¿Por qué nos gusta lo que más engorda?

Es curioso comprobar que el azúcar nos agrada incluso casi desde nuestro propio nacimiento, y cómo los bebés succionan con más fruición si le endulzan un poco el biberón. Sin embargo al ofrecerles un sabor amargo, suelen obsequiarnos con una mueca de desagrado. A pesar de ello, se debe evitar que los bebés ingieran alimentos azucarados.

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Esto nos ocurrirá según nos vayamos haciendo adultos, cuando nuestro paladar no siempre coincida con las comidas más saludables. Aparte de provocarnos sobrepeso, los alimentos con demasiadas calorías nos provocan consecuencias graves en la salud. Según aumenten los productos calóricos en la dieta, irán disminuyendo aquéllos otros más nutritivos y bajos en grasas y calorías.

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En el gusto intervienen varios factores, desde la genética hasta las costumbres culturales y las experiencias más o menos gratas en el estreno de sabores. Cuando el paladar se acostumbra a un sabor dulce, se tiende a ingerir a menudo galletas, bollería, postres, pan, pasteles, caramelos…

Nuestro cerebro suele asociar el sabor dulce con el placer, ya que es el primer sabor que disfrutamos tras el nacimiento. Las investigaciones han demostrado que somos propensos a un tipo de adicción por los carbohidratos. Realmente se trata de un desequilibrio hormonal y neuroquímico que modifica la capacidad del cuerpo de producir serotonina, una hormona primordial en el bienestar. La persona que lo sufre, trata de compensar su estado anímico tomando azúcar.

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5 comentarios en “¿Por qué nos gusta lo que más engorda?”

  1. Bueno, tengo que decir que en mi opinión hay que ir un poco más allá. El tema de la serotonina y tal es la explicación química de la pregunta que plantea el post, «¿Por qué nos gusta lo que más engorda?».

    Sin embargo, tras esta respuesta surge otra pregunta, que a mi entender es donde está el quid de la cuestión, «¿Y por qué nuestro cuerpo presenta este comportamiento?».

    Yo creo que, básicamente, porque en términos evolutivos es imprescindible acumular energía. En nuestra actual sociedad del primer mundo, el problema es casi el contrario, comemos demasiado, más calorías de las que consumimos.

    Sin embargo, si pensamos en el ser humano como especie que tiene cientos de miles de años (el mismo caso se da en otros animales) nos encontramos con que la búsqueda de alimentos ricos en energía es crucial, el hombre en su evolución ha desarrollado un organismo que consume mucho y con la fruta no tiene suficiente.

    De ahí que desarrolla una necesaria tendencia por los alimentos de alto aporte calórico: Introduce las carnes grasas dentro de su dieta, manteniendo la fruta. Es una forma de acumulación de energía. Si no tuviéramos esa predilección «genética» por los alimentos que más nos engordan, seguramente no habríamos sobrevivido como especie, y nos habríamos extinguido porque no es posible mantener una máquina como el cuerpo humano comiendo alimentos bajos en calorías. No al menos mantener la especie durante tanto tiempo.

    Es más, si pensamos en las dietas disociadas (todos los derivados de la dieta de Atkins) lo que hacen es evitar la combinación lípidos-hidratos de carbono, puesto que parece que es una combinación de la que el organismo obtiene un rendimiento máximo, es decir, acumula más energía (engorda).

    Las dietas disociadas intentan minimizar el rendimiento que nuestro cuerpo obtiene de la comida, eliminando bien la grasa o bien el azúcar durante ciertos periodos de tiempo.

    Sin embargo, todos los que somos de buen comer, podremos confirmar que precisamente la alternancia dulce-salado es uno de los mayores placeres que le podemos dar a nuestro organismo. De nuevo comprobamos que «estamos programados para engordar».

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  2. Es más básico aún de lo que has puesto. Todo lo que favorece la supervivencia nos da placer y el acumular o ingerir sustancias energéticas favorecería nuestra supervivencia: cuando tomamos algo dulce estamos tomando azúcares simples que son el combustible del cerebro y de los músculos (para ejercicos rápidos e intensos de duración corta) por lo que dispondríamos de energía para una posible huida o lucha.

    Los azúcares complejos (higratos de carbono) son más insípidos pero el cuerpo tiene apetencia por ellos porque son una reserva de energía a medio plazo; igual nos parecen sabrosas las grasas (que además son las que les dan sabrosura a algunas carnes, al chorizo, al salchichón, etc) que son una fuente energética a largo plazo y podemos además almacenarla para los malos tiempos (el problema es que ahora las tenemos siempre disponibles y además no pasamos hambre nunca).

    En cambio, los sabores amargos están asociados evolutivamente a las sustancias peligrosas o venenosas como los alcaloides de diversas plantas, de ahí que de entrada los rechacemos.
    Un saludo a todos.

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  3. Jajajaja, no hace falta que lo digas vaya… Creo que a tod@s nos facina el sabor dulce mmm que hambre me entra. Muy curioso que desde el nacimiento ya nos incitamos a consumir cosas dulces.

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