Adivina la pregunta 102: Lógica y matemáticas – Una escopeta entre los ojos

– ¿Y dices que al final le dio las gracias?

La puerta de mi despacho estaba abierta. Como venía siendo habitual en los días de poco trabajo, que eran muchos, me encontraba recostado sobre la silla con un periódico sobre la mesa.

– Lo que oyez. Le dio laz graciaz. Pero zupongo que no me creez, porque ezo ez lo que hacez ziempre.

Era la voz inconfundible de mi secretaria la que me estaba hablando. Con su habitual traje negro sugerente, se erguía ante mí como una estatua de Venus. Mientras una mano coqueteaba con sus gafas, la otra no paraba de hacer movimientos acusadores hacia mi persona.

imagen secretaria

– No es eso, Azucena… -me defendí.
– ¡Zí que lo ez! ¡Tú no me creez!

Chasqueé la lengua mientras trataba de evitar su mirada.

– Que no, Azucena, de verdad. Bien sabes que te tengo un gran cariño. En serio. No es que no te crea. Pero es que…

Pero es que narices, no la creía. ¿Cómo demonios iba a creerla? Ustedes es que no conocen a mi secretaria. Tenía delante de mí a la misma mujer que juraba y perjuraba haber alcanzado la nada despreciable cifra de cuarenta y ocho grados de fiebre en su última gripe, tener ese cuerpazo al perder veintisiete kilos en una semana y que Elvis estaba vivo y era su vecino. Eso sin tener en cuenta lo que iba contando por ahí sobre el tamaño relativo de cierto atributo masculino, manifestado nada menos que en sus siete primeros novios; medidas formidables que, de ser verdad, sobrepasarían las tres dimensiones de nuestro universo y el tejido cósmico de cualquier pantalón.

– Puez me importa un pimiento zi no me creez -se adelantó. Un tanto molesta, se giró para darme la espalda. Contemplé en silencio sus piernas.
– De acuerdo, Azucena -dije por fin con objeto de evitarle un enfado que seguro le iba a durar semanas-. Recapitulemos. Siéntate y cuéntame otra vez qué ocurrió en ese bar.

Todavía de espaldas, mi secretaria, que otra cosa no, pero tiene unas pantorrillas deliciosas, hizo ademán de aproximarse a la puerta. Luego lo pensó mejor, se dio la vuelta y tomó asiento.
Era ése el momento en que las mujeres sacan el cigarrillo y se ponen a fumar. Afortunadamente, Azucena carecía de otros vicios que no fueran la exageración más ingenua y un candoroso sustituir de eses.

– Puez te lo cuento otra vez entoncez.

Tomé mi cuaderno y me preparé para apuntar algunas notas. Que al menos pareciera que me lo tomaba en serio.

– Rezulta que en el bar del muelle ze coló anoche un tipo muy raro.
– ¿Con malas pintas? -interrumpí.

Ella pareció pensar la respuesta.

– No. Todo lo contrario. Por ezo era raro. Parecía un buen muchacho. Demaziado bueno para andar por allí. Bien veztido, ojoz claroz, mirada zobria -describió Azucena. Su rostro se iluminó-. Ingeniero. Zeguro que era ingeniero. Uno de ezoz ingenieroz que ganan mucho dinero. Y a lo mejor iba de bar en bar buzcando a la mujer de zu vida, porque laz ingenieraz ricaz zon todaz muy aburridaz y…
– Al grano.
– Puez ezo, que era un chico raro. Muy raro para eze tipo de ambientez zórdidoz. ¿No creez que podía zer un ingeniero en buzca de amor y algo de zexo?
– Es pozible -contesté-. ¿Qué ocurrió entonces?
– Ze acercó a la barra, juztamente al lado de donde yo eztaba, y llamó al camarero. Parecía anguztiado por algo. Cuando el camarero ze aprozimó, el hombre le pidió un vazo de agua -se llevó una mano a la cabeza-. Fíjate, jefe. ¡Un vazo de agua en el bar del muelle! ¿Ha oído alguna vez algo máz abzurdo?

Lo decía alguien para quien ingerir agua era de por sí algo absurdo.

– Continúa -dije al tiempo que garabateaba en el cuaderno.
– En eze momento fue cuando el camarero zacó la ezcopeta de debajo del moztrador, éza que tiene para cuando le van a atracar, y ze la puzo al ingeniero entre loz ojoz.

Azucena se levantó. Inclinándose sobre la mesa, hizo el gesto de apuntarme con una escopeta. Una vez más, me robó una sonrisa cuando, poniendo la voz más grave que tenía, imitó al camarero del bar del muelle.

– ”¡Como te muevaz, te reviento loz zezoz, hijo de puta!”.

Durante un momento hizo como que me acribillaba con la mirada. Entonces se sentó como si nada, con esa dulce cara inocente de no haber roto un plato, y continuó.

– Yo me quedé zobrecogida. No zabía qué hazer. Todo el bar ze había quedado en zilencio. Nadie ze movía.
– ¿Fue entonces cuando el tipo le dio las gracias? -pregunté, previo alzamiento de cejas.
– Unoz zegundoz máz tarde, pero zí, ezo ez. El hombre zonrió, le dio laz graciaz al camarero, ze dio la vuelta y zalió del bar.
– ¿Y qué hizo entonces el camarero?
– Nada. Guardó la ezcopeta y ziguió zirviendo copaz. La gente primero cuchicheaba, pero luego empezaron otra vez a eztar como antez.
– ¿Qué crees que ocurrió?
– No tengo ni idea -contestó y acto seguido se puso en pie-. Vuelvo al trabajo. Zi me necezitaz, ahí me tienez.

Y, meneando sus caderas, cerró la puerta por fuera.

Eché una ojeada a mi cuaderno. Entre los dibujos, había apuntado una serie de notas. En concreto, “hombre poco peligroso entra en bar”, “pide un vaso de agua”, “camarero le apunta con escopeta”, “hombre da las gracias y se va”. No es que fuese mucho, pero sí me dio algo en lo que pensar aquella mañana. Suponiendo que mi secretaria me hubiera dicho la verdad, ¿qué sería exactamente lo que sucedió entre ese hombre y el camarero?

detective

PISTAS:

– El camarero del bar del muelle no es una persona conflictiva ni peligrosa. No tiene antecedentes y se le considera bastante honrado.

-Pasaron unos veinte segundos entre que el camarero amenazara al hombre y éste le diera las gracias.

– Al camarero del bar del muelle le llaman “El Gigante”, por su tamaño. Verdaderamente es una persona de las dan miedo, sobre todo con una escopeta.

– Aparte de para calmar la sed, que no es el caso, ¿para qué querría alguien un vaso de agua?

– Sin duda aquel hombre se llevó un buen susto.

PREGUNTA:

¿Por qué pidió un vaso de agua aquel hombre y el camarero le apuntó con una escopeta?

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5 comentarios en “Adivina la pregunta 102: Lógica y matemáticas – Una escopeta entre los ojos”

  1. Muy bien Miski, efectivamente lo que ocurrió fue que el hombre tenía hipo, y quiso un vaso de agua para quitárselo. Al camarero no se le ocurrió otra idea, que darle un susto con una escopeta.

    Felicidades, sumas un punto más y subes un puesto en el ranking de «Adivina la pregunta».

    «Cuando descubrí de qué se trataba, no pude hacer menos que esgrimir una sonrisa. Saqué un papel de la cajonera y me puse a escribir en él la escena y su desenlace, así como las conclusiones que me habían llevado a resolverla. Entonces abrí el cajón donde guardaba la carpeta titulada Eventos estrafalarios e introduje el documento en su interior. Luego, sin mucha prisa, volví a sentarme en la silla y, de un grito, llamé a mi secretaria.

    Escuché su taconeo aproximarse al despacho y su silueta a través del cristal opaco. Abrió la puerta y se quedó apostada en ella.

    – Dígame. ¿Tiene ya la zolución? ¿Va a zorprenderme con ella y volver a demoztrarme lo inzoportablemente lizto que ez?

    Apoyé los codos sobre la mesa y junté las manos. La miré fijamente.

    – ¿Recuerdas la última vez que bebiste agua?

    Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza, dejando que su cabello rojizo se deslizara por el lateral de su hombro. Acto seguido se llevó una mano a la barbilla, se mordió el labio inferior y desvió su mirada hacia arriba. Casi podían oírse unos engranajes girando en su cabeza.

    – No -dijo finalmente.
    – Te lo pondré más fácil -sonreí-. ¿Bajo qué circunstancias beberías agua?

    vaso-de-agua

    De nuevo, el ruido de maquinaria…

    -Puez… A ver… Por ejemplo zi me perdiera en un dezierto y encontrara un oaziz y no hubiera otra coza zino agua -enunció mientras empezaba a contar con la mano-. Zi tuviera que quitarme el zabor de la comida antez del poztre…

    Se mantuvo un instante con dos dedos extendidos, apoyando el índice de la otra mano cruzado sobre ellos.

    – La verdad, jefe: no ze me ocurre ninguna máz -confesó.

    Sin duda, la había sobreestimado. Suspiré. Probaría con otra táctica.

    – Dime entonces, ¿por qué razón le darías un susto a un amigo tuyo?

    Se cruzó de brazos.

    – ¿A dónde pretendez llegar? -bufó-. Puez le daría un zuzto zi me hubiera hecho algo muy malo. O bien para gaztarle una broma. O como venganza de otro zuzto. ¡Yo qué zé!

    Me llevé una mano a la cabeza y la apreté contra ella en un gesto desesperado.

    – ¿No se te ocurre nada más?
    – Puez no.

    De repente, sus ojos se abrieron de par en par.

    -¡Zí! -afirmó, subiendo y bajando la barbilla-. ¡Zi yo tuviera un marido rico, para que ze muriera de un infarto!

    Escuchar esto hizo que me fallara el apoyo del codo derecho, así que acabé pegando con toda la frente en la mesa. Me entraron terribles ganas de gritarle que uno bebe agua cuando tiene hipo y uno asusta a otro para quitarle ese hipo. El camarero actuó en consecuencia, si bien de forma algo desmedida, al percatarse del motivo de la angustia de aquel hombre que pedía el agua. Pues se dice que, en algunas personas, transcurren horas hasta que vuelven a respirar normalmente. A veces el episodio es tan largo y fuerte que les provoca dolores de cabeza.

    – ¿Eztáz bien, jefe? -preguntó Azucena.
    – Sí. Gracias -farfullé sin despegar la frente del escritorio-. Ahora déjame solo. En realidad, no sé qué pudo haber sucedido en ese bar.

    Preferí no contárselo. Después de aquello, si lo hacía lo único que iba a conseguir era infundirle un concepto más bajo de sí misma del que ya tenía.

    – No te preocupez, jefe -murmuró con ternura-. Zi yo zé que ez difícil. Al fin y al cabo, no ziempre vaz a poder adivinarlo todo, ¿no?. Pero quiero que zepaz que aun azí erez muy lizto. El máz lizto que conozco.

    Sin dignarme a levantar la cabeza, la espanté con la mano.

    – ¡Ay! No puedo dejar de penzar en eze pobre muchacho ingeniero -la oía decir mientras cerraba la puerta-. Debió llevarze un zuzto de loz que quitan el hipo.

    Entonces pensé en acercarme al bar del muelle, a pedir prestada cierta minucia.»

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