Síndrome de la mano anárquica

La última vez que vi Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?, me reí como siempre con el personaje del doctor Strangelove -el genial Peter Sellers– cuando el brazo se le dispara para hacer el saludo nazi.

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Había visto la escena hace sólo un año, en el marco del Congreso Escéptico Mundial de Abano Terme (Italia), donde la había proyectado el neurólogo Sergio Della Sala, y me había quedado un sabor agridulce. Como el resto de los 400 participantes en el encuentro, me había reído con el descontrol del brazo del sabio loco para, segundos después, estremecerme con casos reales de gente que, por lesiones cerebrales, es incapaz de controlar una o ambas manos y las siente como ajenas, como dotadas de voluntad propia. ¿Pero lo están?

El síndrome de la mano anárquica también llamado Dr. Strangelove por el personaje que interpreta Peter Sellers en la cinta de Kubrick de 1964, es un raro desorden neurológico en el que, quien lo padece, siente como si la mano no fuera parte de su cuerpo y no tuviera control sobre sus movimientos. Puede estar causado cuando los epilépticos que son sometidos a cirugía en el cuerpo calloso del cerebro pierden la conexión entre los dos hemisferios, y a menudo la mano no dominante hace cosas “por sí sola”.

Algunos pacientes creen que su mano está poseída por algún tipo de espíritu y que por eso se mueve sola, entonces luchan contra ella o intentan agredirla.

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Sergio Della Sala

Parece gracioso, pero es cierto. El profesor Sergio Della Sala, de la Universidad de Aberdeen en Escocia ha realizado varios estudios sobre pacientes con este síndrome.

Cita el caso de una mujer que acudía a su consulta con la mano atada a la espalda porque no se fiaba de lo que podía hacer, otro que no podía comer pescado porque la mano anárquica se empeñaba en meterle las espinas en la boca y otro que se intentaba estrangular cada noche.

Se conoce sólo un caso de pie anárquico, pero todos sabemos, claro, que un pie es menos peligroso.

Della Salla, explora, en el artículo de portada del último número de la revista Pensar, la mano anárquica -”uno de los fenómenos más intrigantes de la neurología”- como justificación para hablar del libre albedrío. Reconoce el autor que “es un síntoma tan grotesco que raya en lo cómico”; pero, cuando vi en Abano Terme a hombres y mujeres incapaces de controlar sus manos y conscientes de ello, yo sentí angustia.

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Me explico. Imagínese que está leyendo este texto en el ordenador, que quiere avanzar hacia abajo con el ratón y que va a manejarlo con la mano derecha, pero ésta empieza a dar sacudidas, no alcanza el ratón y sí un vaso de agua, que tira. La mano izquierda sale en su auxilio, pero entonces la derecha -que no responde a su voluntad– se interpone y la bloquea cuando va a recoger el vaso. Imagínese que eso le ocurre siempre: cada vez que intenta hacer algo, la mano derecha parece cobrar vida propia y actuar por su cuenta. Hay gente que sufre ese mal y Della Salla los tiene entre sus pacientes.

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