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La leyenda del Rey Salomón

  Archivado en Historias y leyendas. Escrito el 21 de Noviembre del 2009 por Andrés.

Dos madres solteras compartían una habitación, y cada una de ellas dio a luz un niño sobre el mismo día. Por la noche, una de estas madres por accidente, se dio la vuelta en la cama asfixiando a su bebé.  Al despertarse en medio de la oscuridad, vio que su hijo yacía gélido e inmóvil, por lo que la avergonzada madre, cogió el bebé de su compañera de cuarto que aun dormía, colocando al bebé muerto en su lugar.

Posteriormente, la otra mujer despertó, y viendo al bebé muerto, comenzó a llorar por el dolor de su pérdida. Pero después examinó al niño, y se dio cuenta que ese no era el suyo. En el otro lado de la habitación, pudo comprobar cómo su compañera tenía a su bebe.

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Las dos mujeres se presentaron ante el rey, luchando por la custodia del niño vivo.

- Escuche, mi señor -dijo la primera mujer-… El hijo de ésta murió una noche por haberse acostado ella sobre él; ella se levantó a mitad de la noche y me arrebató a mi hijo, mientras tu sierva dormía, lo puso a su lado, dejando al lado mío a su hijo ya fallecido.

La mujer siguió profiriendo que cuando se despertó a la mañana para dar de comer a su pequeño, encontró a su lado a un bebé muerto que no era el suyo, sino el de su compañera.

- No -gritó la otra mujer con enfado-, mi hijo es el que está vivo; es el tuyo el que ha perecido.
- No -exclamó la primera mujer-, tu hijo es el muerto; y el mío vive.

Qué espectáculo ofrecieron estas dos mujeres en el palacio, gritándose de manera mutua, dispuestas a tirarse de los pelos si las hubieran dejado. ¡Pobre Salomón! Nunca antes había presenciado un caso tal. ¡Ahora si que necesitaba la sabiduría que Dios le había garantizado!

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- Acercadme una espada -ordenó contranquilidad; y cuando el siervo se la trajo, un insondable silencio se apoderó de la sala.
- ¿Qué querrá hacer con esa espada? -murmuró alguien.
—¡Ahora, traigan al bebé! -mandó el rey. Los asistentes manturvieron la respiración. ¿Cortaría al niño por la mitad?-. Partid al niño vivo por la mitad —siguió ordenando Salomon— y entregad la mitad de él a la una y la otra mitad a la otra. Un cuchicheo de pánico recorrió la estancia.

En principio, el soldado pensó que el rey estaba de broma, pero Salomón comenzó a mirar con ira la indecisión del subdito. Lentamente este desenvainó su afilada y brillante espada y avanzó hacia la mujer que poseía el niño. De repente, la verdadera madre se lanzó a los pies del rey y suplicó:

- ¡No! ¡No, por favor! -exclamó la verdadera madre.- ¡Oh, señor rey!, dale mi bebé a esa mujer, pero vivo; que no lo maten.
- No -dijo la otra mujer sin compasión-. Ni para mí ni para ti: que dividan al bebé.

Entonces Salomón supo sin lugar a dudas, quién era la madre de verdad. La mujer que abdicaba en la partición, era la madre legítima del niño, y señalando a la mujer que había pedido que perdonaran la vida al pequeño ordenó: «Entregad a la primera el niño vivo; no lo matéis. Ella es su madre verdadera».

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Al salir del juicio las dos mujeres, la curiosa historia de lo que ocurrió comenzó a propagarse. Yendo de boca en boca, llegó a los pueblos y aldeas hasta que en todo el país la gente se supo de cómo Salomón había reconocido a la verdadera madre del niño.

“Todo Israel conoció la sentencia que el rey había emitido, y todos le admiraron, viendo que había una sabiduría divina con la que él podía hacer justicia”.


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Relato de terror para la noche de Halloween

  Archivado en Historias y leyendas. Escrito el 31 de Octubre del 2009 por Andrés.

Es de noche. Una noche oscura y tormentosa. La lluvia arrecia fuertemente. Una chica camina de forma apresurada, sin paraguas, protegida con un largo abrigo rojo. El agua ha empapado su melena pelirroja. Está asustada. No hay nadie por la calle, sólo ella y su miedo.

Recuerda lo que ha oído sobre las otras chicas, jóvenes como ella, aparecieron muertas, con dos perforaciones en el cuello, mutiladas, y con una expresión en sus caras de profundo terror. Los forenses dictaminaron que fueron torturadas y mutiladas en vida. Posteriormente se les causó la muerte con un objeto punzante en el cuello.

Pero la gente sabe la verdad, aunque nadie se atreve a decirlo por el pánico que les produce el sólo hecho de oírse a si mismos. Ha sido el Vampiro, el Señor de la noche, ella es su aliada, a él sirve. Es un ser inmortal, existe sin vida a través de los tiempos, alimentándose de la sangre de los humanos, jugando con ellos, disfrutando con su sufrimiento. Gobierna el mundo en las sombras.

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La joven tiene la sensación de que alguien la observa. Su corazón palpita con fuerza, su respiración se vuelve agitada, se muerde el labio haciéndolo sangrar, todo su cuerpo se agita tembloroso. La sensación de sentirse observada se vuelve certeza para ella. Corre, su corazón se ha desbocado por el pánico, parece querer salir a través de su pecho.

Apenas puede ya respirar, no por el esfuerzo físico, el miedo la ha hecho respirar tan apresuradamente que le duelen los pulmones. Siente un sabor ácido en su boca, no sabe su origen, no sabe que es el sabor del terror. Sus pupilas se dilatan, su cara se vuelve blanca como la nieve. Corre, llora aterrada. En su carrera tropieza y cae. Su mandíbula golpea brutalmente el suelo. Llorando levanta lentamente la cabeza.

Un rayo cae entonces iluminando en la oscuridad. Entonces lo ve, de pie a unos metros por delante de ella, mirándola con una mezcla de majestuosidad y profundo desprecio. Su larga capa negra ondea al viento huracanado. Sonríe con placer mirando a su futura víctima. Lentamente se acerca a ella. Ésta chilla aterrada, clavando sus llorosos ojos en los del monstruo.

Agarra un crucifijo que porta al cuello en una cadena, lo dirige hacia delante. Entonces se da cuenta de que no puede moverse, todos los músculos de su cuerpo están rígidos como una sólida piedra. Es el poder del maligno, piensa. Ha oído que éste paraliza a sus víctimas con su poder sobrenatural. Pero entonces se da cuenta, no es el Vampiro quien la ha paralizado, es su propio miedo.

Ese es el poder del monstruo, infundir el terror en sus víctimas paralizándolas. El Señor de la noche esboza una sonrisa sádica mientras se acerca a su víctima. La proximidad del crucifijo parece quemarle la cara, pero disfruta en una especie de actitud masoquista. La joven grita con todas sus fuerzas hasta perder la voz. Pero no es lo único que pierde. También desaparece su conciencia de la realidad.

Ya no ve al Vampiro, ni siquiera sabe que está ahí. El terror inunda cada rincón de su mente. Esa es ahora toda su realidad, el terror. El monstruo lo sabe, lo ha visto muchas veces. Contempla a su víctima paralizada y enloquecida por el terror. El Vampiro ríe complacido. Su risa resuena ensordecedora en las profundidades de la noche. La torturará largo rato, la mutilará, y después la matará bebiéndose su sangre. Y gozará plenamente haciéndolo.

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Vía: Pasar miedo


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Esto no puede ser real

  Archivado en Historias y leyendas, Terror y miedo. Escrito el 31 de Octubre del 2009 por Andrés.

Como hoy es Halloween, os propongo una historieta de miedo para que dejéis esos pañales cagaitos. Atreveos a leerla si sois lo bastante valientes como para resistirlo…

Esto no puede ser real

Álvaro, un joven en una ciudad nueva, tras ir al cine a ver una película de terror, descubre que a veces lo que se ve en la pantalla puede llegar a suceder…

———————————————————-

Álvaro González jamás había sentido tanto miedo. Siempre le habían gustado las películas de terror, pero nunca había llegado a sentir miedo con ninguna, y menos con una de vampiros. En el cine de la pequeña ciudad donde recientemente se había instalado para trabajar en una fábrica, emitían un ciclo de películas de terror que habían bautizado como “Ensalada de maníacos”, y esa noche proyectaban un filme titulado “Los colmillos del vampiro”. Álvaro no conocía la película, pero tratándose de los chupasangre, pensaba que no se llevaría demasiados sobresaltos.

Se equivocaba. El realismo de la película le impresionó. Estaba filmada con un ángulo que daba a la cinta un aspecto truculento. El argumento no tenía ni pies ni cabeza. Lo único que aparecía en la película era una calle oscura. A la entrada del callejón había un Escarabajo amarillo aparcado junto a una farola parpadeante. Por el callejón se internaba alguien, normalmente joven, y la cámara le seguía a cierta distancia. De algún modo, daba la impresión de ser una cámara oculta y los actores simples personas que pasaban por allí.

Antes de entrar en el callejón, las futuras víctimas se encontraban con un perro de aguas de aspecto hambriento y que parecía estar bastante loco. Parecía que trataba de persuadir a la gente para que no entrase en la callejuela. Al final de la calle, las víctimas eran atacadas por un vampiro de aspecto clásico que bajaba de las escaleras de incendios. Llevaba un traje similar al Drácula de las películas antiguas, y en general era parecido a él. Aunque el rostro del vampiro era la cara de un hombre corriente y algo atractivo, provocaba una cierta sensación de inquietud, sobre todo sus ojos.

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Álvaro salió del cine, aliviado por el final de la película, y caminó hacia su casa. Entonces detuvo su paso y se dio cuenta de algo a lo que antes no le había dado importancia. De la escasa gente que había acudido a ver el filme, nadie había mostrado signos ni actitudes de miedo. No se oían las típicas exclamaciones de las chicas que fingen asustarse para coquetear con su novio. Tampoco nadie había hablado. Simplemente se habían quedado ahí, viendo la película con la mirada perdida en la pantalla.

Álvaro le quitó importancia al asunto y siguió caminando. No tenía sentido preocuparse por cosas de esa naturaleza. Si no, no podría dormir bien y tenía problemas más importantes que atender. Como el trabajo, por ejemplo. Ya había recibido amenazas de despido por parte del capullo de su jefe. “A ver si piensa que soy una máquina”, pensó, “Ese tío es un gilipollas y un cabrón.”

Era una noche extraña. Las calles estaban vacías, y el cielo negro bañado por una luna amarillenta, casi rojiza, parecía irreal. Debía ser por el cansancio, pero las pocas personas que veía le parecían borrosas, como si únicamente fueran sombras. De repente, Álvaro frenó en seco, desconcertado. Justo cuando se iba a internar en la calle que tenía que cruzar para ir a su casa, Álvaro vio un perro. Inmediatamente pensó en el perro que aparecía en la película, pero descartó en seguida esa posibilidad.

Ni siquiera eran de la misma raza (él tenía delante un pastor alemán), pero sí que parecía tan loco como el otro. A diferencia de la escasa gente que encontraba, al cánido lo vio claramente. Casi parecía destacar en la oscuridad de la noche. El animal miró sin interés al chico y pronto giró la cabeza, más interesado en el cubo de basura abierto de la esquina que en él.

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Álvaro respiró un poco más tranquilo y se internó en el callejón. Un pensamiento cruzó como un rayo su cabeza. Estaba seguro de que iba a encontrarse con una farola y un Escarabajo amarillo aparcado junto a ella. La farola sí estaba, y también había un coche aparcado, pero ni era un Escarabajo ni era amarillo. Era un viejo Opel Corsa blanco, lleno de abolladuras y con la matrícula torcida. Álvaro suspiró aliviado, pero todavía sentía algo de inquietud. No podía evitar fijarse en que aquella calle era muy parecida a la que aparecía en “Los colmillos del vampiro”.

- Es sólo una película –susurró para sus adentros, con la clara intención de tranquilizarse.- No era real, aunque lo pareciese. Fíjate, eso es un Opel Corsa, y en la película salía un Escarabajo. ¡Y el perro! ¡Por favor…! El que vi era un pastor alemán, y el de la película era un perro de aguas.

De repente, un fuerte estruendo metálico interrumpió a Álvaro y casi lo hizo gritar. El chico giró la cabeza hacia la fuente del ruido y vio que un gato había logrado tirar al suelo la tapa de un cubo de basura y estaba hurgando en el interior. Álvaro respiró tranquilo, pero su corazón seguía bombeando a mil por hora. Entonces, se dio cuenta de su situación y se echó a reír, medio avergonzado medio divertido con su actuación. Se puso de nuevo a caminar, olvidándose del asunto y apurando el paso.

Fue cuando se le ocurrió mirar hacia arriba cuando sintió que todo se alejaba de la realidad. Por un momento, creyó que se estaba volviendo loco. Las escaleras de la salida de incendios del edificio que tenía a su derecha estaban bajadas, pero, ¿desde cuándo había salida de incendios en aquella calle? Álvaro no lo recordaba…

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-¡Esto no puede ser real! –Gritó a la noche-. ¡No puede estar ocurriendo! Pero, ¿qué ocurre aquí?

Álvaro dio dos pasos atrás, se llevó las manos a la cabeza y se puso de cuclillas para recobrar el aliento. “Respira profundo, tranquilo”, pensó, “. Hace apenas dos meses que vives aquí, seguro que no te has fijado en las escaleras de incendios. Sí, eso es”. Álvaro se volvió a levantar y dio unos pasos lentos, algo más tranquilo, aunque en el fondo sabía que no eran más que palabras tranquilizadoras. Sabía perfectamente que allí no tenían que haber escaleras de incendios.

De repente, un estremecedor pensamiento le atravesó el cerebro. En la película que había ido a ver, sí había escaleras de incendios. Miró un momento más al edificio y continuó caminando. Ya había recorrido más de la mitad del callejón. Sólo tenía que andar otro tanto y llegaría a la calle principal. Entonces, se le pasarían todos los temores.

Los pasos producían un ruido extraño, hueco, como si hubiera amplificadores en el suelo. Se levantó un fuerte viento que producía un chillido fantasmal, lo que contribuyó al malestar general de Álvaro. Nunca había sentido tan largo aquel oscuro callejón. Por alguna extraña razón, las farolas emitían muy poca luz, produciendo una oscuridad más intensa de la habitual.

Con paso firme, Álvaro caminó hacia la salida del callejón, pero paró en seco. Allí no había salida, únicamente una pared agrietada y gris, tan alta como los edificios circundantes. El chico no se podía creer lo que le estaba sucediendo, era ridículo.

- ¡Esto no puede ser real! –Susurró para sí- ¡Aquí tenía que haber una salida! ¿Qué coño está ocurriendo aquí?

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“Venga, tranquilo”, pensó, “Seguro que te has equivocado de calle. Vuelve para atrás y sigue el camino correcto”. Respiró tranquilo y se volvió. Ésa era la única razón lógica. Ahora le veía sentido a todo. Por eso mismo estaban esas escaleras de incendios. Sin embargo, cuando se dispuso a irse, sintió algo.

Álvaro tuvo la extraña sensación de que le observaban. Sentía una presencia que le acosaba desde las sombras de la noche. Con el corazón en un puño, empezó a andar lentamente hasta la entrada del callejón. Sin dejar de mirar a las escaleras de incendios, Álvaro avanzó a lo largo de la acera. Estaba seguro de que allí no había ningún vampiro, pero no le apetecía lo más mínimo encontrarse con un desconocido en aquella calle, y menos de noche. Un ruido en lo alto del edificio le hizo mirar hacia arriba. Una negra silueta andaba por el tejado, al mismo paso que Álvaro. El chico aumentó el ritmo de avance, y la silueta hizo lo mismo. Si aguantaba hasta salir del callejón, estaría más tranquilo. Pero la ilusión de escapar se convirtió en nada.

Ya no existía la entrada de la calle. En su lugar, había otra pared gris, idéntica a la que había encontrado antes. Álvaro dio dos pasos atrás, sin ser capaz de reaccionar. “Esto no puede estar sucediendo,” pensó, “No tiene sentido, ¿qué coño ocurre?”. El chico se volvió, para toparse con otra pared un poco más allá. Había quedado encerrado allí, con aquel demente en el tejado. Vigilándole. Estudiándole.

La silueta del tejado bajó de un salto hasta la escalera de incendios más alta, haciendo más visibles sus rasgos. Vestía de negro, con una especie de capa y un traje oscuro, según le parecía al chico. El pelo era negro como la noche, pero su cara no era todavía reconocible. Con calma, el hombre empezó a bajar por las escaleras, primero un pie, luego el otro, lentamente, muy lentamente. Álvaro perdió totalmente el control y se arrojó contra una de las paredes, golpeándola con los puños hasta que le empezaron a sangrar.

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Vio una puerta y la aporreó con vehemencia para que la abriera quienquiera que viviese allí, pero parecía no haber nadie en casa. Intentó derribarla a patadas, pero tampoco parecía dispuesta a ceder. Miró hacia arriba y vio que el hombre había bajado más de la mitad de las escaleras. Ahora podía verle mejor la cara, y la reconoció de inmediato. Era la cara del vampiro de la película que había visto en el cine. Álvaro se quedó estupefacto, sin ser capaz de mover un solo músculo del cuerpo. Esas cosas sólo pasaban en las películas y en los libros malos de terror.

Cuando el vampiro llegó al final de las escaleras, saltó directamente al suelo. En su caída libre, desplegó su capa y miró con cruel gozo a Álvaro. Aterrizó de pie, sin apenas agachar las rodillas, y se cubrió el cuerpo con la capa. Sonrió al chico con lascivia y abrió lentamente su boca. Mientras lo hacía, salieron a relucir dos colmillos largos como cuchillas, ambos empapados en sangre, sangre seguramente de una víctima anterior.

Lentamente se acercó a Álvaro, alargando los brazos para cogerle por el cuello y echarle la cabeza hacia atrás e hincarle el diente. Álvaro se quedó donde estaba, sabiendo que era inútil resistirse. Y acaso, ¿sería tan malo? Se convertiría en un vampiro, una criatura de la noche. Éste era el último consuelo que le quedaba a Álvaro antes de que el vampiro le agarrase, le mordiese la yugular y se hiciese la oscuridad.

Álvaro despertó en medio de una oscuridad impenetrable. Se sentía desorientado y confuso, y al principio pensó que ya era un vampiro, que aquel monstruo lo había transformado. Poco a poco, su mente se fue aclarando y la imagen del vampiro se fue diluyendo. Entonces, lo comprendió todo. No había sido más que una pesadilla, terrible, realista, pero una simple pesadilla. Ni siquiera había ido a ver una película de vampiros el día anterior. Habían proyectado una estúpida película titulada “Bajo tierra”, sobre un caso de entierro prematuro. Álvaro se echó a reír, en parte por el alivio que sentía, y decidió que era momento de levantarse.

Cuando el chico movió el cuerpo hacia arriba, se golpeó la cabeza contra una superficie puesta encima de él, a modo de tapa. Álvaro arqueó las cejas, confuso, y trató de moverse hacia los lados, pero había sendas paredes que le bloqueaban el cuerpo. Por alguna razón estaba encerrado dentro de algo que le recordó a una caja, o a un…

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Una voz profunda, pero humana, le sacó de sus pensamientos y lo trajo a la realidad. La voz sonaba grave, imperativa, pero a la vez amable. Sonaba como la voz de un sacerdote. Álvaro contuvo el aliento y se dispuso a escuchar, pero una parte de él sabía lo que ocurría.

-Estamos aquí reunidos para dar sepultura al joven Álvaro González Santos –decía la voz-, muerto en el día de ayer a causa de una caída. Roguemos por la salvación de su alma…

“Esto no puede ser real”, pensó Álvaro.


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La lógica paradoja de Isabel

  Archivado en Historias y leyendas, Matemáticas y lógica. Escrito el 13 de Mayo del 2009 por Andrés.

Siguiendo con el tema de los Amantes de Teruel (recordad, tonta ella y tonto él), una historieta de lógica paradójica a cargo de la tonta de Isabel.

“Los amantes de Teruel notaban que la rutina iba filtrándose en su amor. Diego, preocupado de que ese cáncer silencioso acabara con el romance que llenaba sus vidas, decide sorprender a Isabel.

- Amor mío -le dice-, a partir de ahora dejaré de acudir a tu alcoba siempre el mismo día; lo haré cuando menos te lo esperes, de modo que la ansiedad de tu incertidumbre multiplique la emoción de nuestros encuentros.

- Pero Diego -objeta Isabel-, habrás siempre de venir a las 3 de la tarde, que sabes que es la hora en que mi celoso padre disfruta de su siesta.

- Verdad dices, tesoro, pero no sabrás en cuál día de la semana apareceré.

- Nunca podrá ser ni sábado ni domingo, mi bienintencionado galán, porque los fines de semana vuelve a casa mi hermano, más celoso aun que mi padre.

- De acuerdo palomita -admite él, un poco a regañadientes-, pero te mantendré intrigada durante los cinco días laborables.

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- ¿Vendrás acaso sólo un día? -pregunta Isabel.

- Así es, ángel mío, para que la larga ausencia avive nuestra hoguera.

- Entonces, cariño, no podrás sorprenderme -contesta la bella. Repara en que ese día no podrá ser el viernes, porque si no has venido antes, ya no podrías sorprenderme. Pero tampoco vale que vengas el jueves ya que, no habiendo venido antes, yo sabré que has de venir pues el viernes tú sabes que no puedes sorprenderme. Y claro, vida mía, por idéntica inducción no puedes sorprenderme el miércoles, pues estaría segura de tu llegada al saber que tú sabes que no puedes sorprenderme en los dos días siguientes. E imagino que no hace falta que te explique que no cabe la sorpresa el martes, porque …

- No, no hace falta -interrumpe amoscado el joven-. ¡Vive Dios que no sé qué os enseñan hoy en día a las muchachas de buena familia!

Una nube negra oscureció por vez primera la plácida atmósfera del amor mutuo. Y Diego no fue a visitarla ningún día porque, sin entenderlo del todo, se convenció de que no podría sorprenderla. Así que aceptó el reto del noble padre de su enamorada y, para poder desposarla, marchó de Teruel a obtener fortuna. Lo logró pero cuando volvió ya era tarde.

E Isabel, por paradójica, se casó con quien no debía.”

Y colorín colorado, esta lógica paradójica se ha terminado.


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El fantasma de la Consellería

  Archivado en Historias y leyendas, Misterios Expediente X, Parapsicología. Escrito el 23 de Febrero del 2009 por Andrés.

La noticia de la aparición de un “fantasma” en los pasillos de la Consellería de Sanidad y trabajo de Valencia, salto por vez primera a los titulares de la prensa valenciana el 16 de marzo de 1990, otra referencia apareció en el mismo diario el 22 del corriente, más tarde otro periódico levantino se hizo eco de la noticia el 26 de marzo para terminar nuevamente en otra reseña el domingo 1 de abril de 1990, desmintiendo el suceso.

La noticia provocó entre la población valenciana actitudes completamente diferentes, entre el asombro y el escarnio, como es comprensible en estos casos, pero agravado por el hecho de que todo lo aparecido en los periódicos partía de un bulo, intencionado o no, que tergiversó el auténtico suceso, hasta el punto que la prestigiosa revista española especializada en estas temáticas, Año Cero, confiando en el buen hacer de los periodistas de estos diarios, recogiera y publicara la noticia de este maltrecho asunto, quedando así, para la posteridad.

Los hechos aparecieron de esta forma en el periódico Las Provincias el 16 de marzo: “En los despachos y pasillos de las consellerías de Trabajo y Sanidad,… antigua Clínica de maternidad La Cigüeña una mujer joven sube escaleras y atraviesa salas vacías buscando a un niño que llora.

Una mujer alta, embarazada y vestida con un camisón rosa adornado con lazos en ambos hombros, deambula durante la noche intentando encontrar, desde hace tanto tiempo ya, a un niño que llora en no se sabe dónde. El recorrido de la madre incorpórea finaliza antes de que despunte el alba en una inexistente sala de incubadoras…”

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Todavía hoy no se sabe de donde sacaron esta fantástica historia. El jueves, 22 de marzo apareció lo que formaría el gran galimatías final, donde incluso se le inventa un pasado a la “incorpórea” (e inexistente) mujer:

“La Consellería… Está estos días absolutamente revolucionada con el fantasma de la mujer vestida con un camisón rosa que vaga por las noches en busca de su hijo. Según nos han contado en toda la historia de La Cigüeña como Clínica de Maternidad, únicamente murieron dos mujeres y de esas dos tan sólo una llegó a dar a luz al niño.

Al parecer, madre e hijo murieron con pocas horas de diferencia. La mujer era joven y aquel era su primer hijo en el que había puesto toda la ilusión del mundo. Era la esposa de un médico, se llamaba Lourdes y nada hacía sospechar que el parto se complicaría y ambos morirían…”

El periódico Hoja del Lunes desmintió todo el asunto con comentarios poco acertados el 26 de marzo, y que colocaron como titular “el fantasma de la Consellería, fruto de la imaginación de un guarda jurado que escribe novelas de terror”. En su contenido, el periódico no andaba desencaminado cuando desmentía la historia de Lourdes pero si al referirse al protagonista real de esta historia, José Antonio C. como un visionario poco menos que mentiroso e irresponsable.

José Antonio C. al que yo conocía desde hacía ya tiempo, es persona completamente normal, poco dada a fabular inventándose historias de este tipo y mucho menos escribir novelas de terror. Cuando todo esto paso, él fue el primero en querer ocultarlo y evitar que este asunto trascendiera.

Mi relación con este tema vino de su mano. Por entonces él formaba parte del personal de la agencia de seguridad Protecsa, y estaba al cuidado de la Consellería en el horario nocturno. La noche del 12 de marzo, antes de que los mencionados periódicos supieran nada sobre las manifestaciones de la Consellería, recibí sobre la una de la madrugada, la llamada telefónica de José Antonio C. En su voz se apreciaba claramente la alarma de lo que le estaba pasando. Procuré tranquilizarle lo mejor que pude y le pedí que me contara lo que ocurría.

De forma precipitada me relato que hacía ya unas noches venía sintiendo unas extrañas “presencias” en los pasillos del edificio oficial, que le tenían completamente aterrorizado, y que hacía tan sólo unos momentos había logrado ver lo que tanto miedo le infundía, lo que le hizo tomar la determinación de llamarme, le dije que me pasaría por allí al día siguiente.

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Tal como le prometí me presente en la puerta de la Consellería sobre las ocho de la noche, antes de que comenzara nuevamente su turno. Esta vez le rogué me expusiera más pausadamente su experiencia. Contó que hacía sólo una semana que su agencia le había encargado la vigilancia nocturna del edificio, aunque él era ya un experimentado guarda.

Entre otras cosas, su función consistía en ir cerrando las ventanas de los despachos y comprobar que ningún funcionario se hubiera dejado alguna luz encendida antes de abandonar el recinto. Tenía la costumbre de hacer la ronda a oscuras tan sólo alumbrándose con una linterna pues, según él, así se veía mejor si algún ordenador, fax o fotocopiadora había quedado conectado e inmediatamente ocuparse en apagarlos.

Fue entonces cuando, paseando por la tercera planta (de las cuatro que hay en total) y aún a oscuras, sintió, como si algo se le echase encima, según sus palabras “una especie de sensación, una fuerza o algo así, pero sólido.” Parece que aquella “sensación” no se conformó con pasar a través de él una sola vez, y se repitió al menos dos veces más.

Asustado por la experiencia, decidió bajar inmediatamente donde hubiera luz, a la última planta, e intentó tranquilizarse buscando una explicación que justificara su extraña vivencia. En el momento en que estaba absorto en estos pensamientos, oyó como el ascensor, que se hallaba en un piso superior, se ponía en marcha y paraba, para el asombro de José Antonio C., en la sala de recepción, donde él se hallaba, abriéndose la puerta y no encontrándose nadie en su interior (recordemos que para entonces, no quedaba nadie en el edificio, excepto José Antonio C.), entonces decidió salir fuera y quedarse en la puerta hasta que amaneciera y se le relevara de su turno, eso sí, sin abandonar su puesto.

La noche siguiente no fue mucho mejor, sacando fuerzas de cualquier parte, volvió a enfrentarse a su situación. Sucedieron entonces otros pequeños episodios. Procuró hacer la ronda, en esta ocasión con todas las luces encendidas y antes de que el jefe de mantenimiento y los de limpieza se marcharan.

Cuando terminó y todo el personal se hubo ido, empezó a oír una especie de golpes que provenían de lo que supuso era la tercera o cuarta planta. Según cuenta, los golpes eran fuertes y como intencionados, parecían reclamar su atención, pero con el miedo y en vistas de que debía permanecer allí hasta el amanecer, decidió sumergirse en la lectura de un libro y procurar olvidarse del asunto, no sin echar de vez en cuando, tímidos vistazos hacia el ascensor.

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La noche que decidió llamarme tuvo la experiencia más aterradora de todas las que había pasado en la Consellería. Cuando todos se marcharon, él, como en noches precedentes, ya había realizado su ronda, cuando nuevamente se volvieron a producir los ya conocidos golpes pero esta vez acompañados de lo que parecían ser “llantos de niño” .

Esta vez su miedo ya fue considerable, pero no tanto como cuando vio deslizarse por las escaleras, momentos después, lo que parecía una sombra cuasi antropomorfa que se dirigía hacia él, tenía el aspecto de una nube muy concentrada y según me refirió “era una cosa inteligente”. Decidió entonces salir nuevamente a la calle y no volvió a entrar más que para llamarme.

Después de contarme su historia me dijo que sería interesante que yo hablara con el jefe de mantenimiento, pues cuando llegó por la mañana y vio el aspecto desencajado de José Antonio C. no pudo por menos que preguntarle que le ocurría, éste se lo contó y Paco, que así se llamaba su compañero de mantenimiento aseguro a José Antonio que no era el único en padecer aquel fenómeno, él mismo había tenido algún encuentro con esta “entidad” y también un Conseller.

Paco me recibió con algún recato, pero pronto tomó confianza y me relató su experiencia. Una noche decidió quedarse después de su hora habitual a terminar una pequeña maqueta de avión en la que estaba trabajando, había optado por hacerla aquí pues en su casa los niños y los deberes domésticos se lo impedían, ya que además después de que todos los trabajadores se marchan del edificio, este queda en absoluto silencio y era el clima idóneo para su entretenimiento.

En ese instante comenzó a oír como si alguien en el piso inmediatamente superior caminara con lo que parecían ser unos zapatos de tacón, sorprendido por aquello decidió subir, sólo para comprobar que nadie se encontraba allí, cuando regreso a su mesa y a su maqueta vio que sus instrumentos de montaje estaban en el lado opuesto de donde él solía ponerlos, me aseguro que era muy meticuloso y sabía perfectamente que alguien había movido los instrumentos.

Nunca más, me confío, volvió a quedarse en aquel lugar después de hacer su trabajo habitual. Me dijo que un Conseller le había asegurado que también llegó a oír aquellos pasos y que alguno de sus colegas y empleados sintieron y vieron alguna cosa, siempre, eso sí, caída la noche.

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El testimonio de Paco me pareció del todo real, no bromeaba en lo más mínimo, y me aseguró que a él tampoco le habían engañado sus superiores inmediatos. Entonces fue cuando se me propuso pasar esa noche en la Consellería y comprobar por mi mismo si realmente ocurría algo allí, y como es obvio, acepte.

A las diez todas las dependencias estaban ya vacías, aquella noche todos se fueron más tarde porque se estaba debatiendo el futuro de la empresa peletera Imepiel. Cuando José Antonio C. inició su ronda habitual, yo le acompañé sugiriéndole que lo hiciéramos como la noche en que tuvo su “encuentro”, es decir, en total oscuridad, y guiados por el haz de la linterna.

Nos encontrábamos ya en el largo pasillo de la tercera planta, a cuyos lados se hallaban los despachos, sin que nos ocurriera ningún incidente. Pese a la oscuridad reinante, pude ver en la expresión de mi guía un claro temor hacia lo podría pasar. En todo nuestro recorrido no hablo nada, esperando, quizás, poder escuchar nuevamente aquellos llantos de las ocasiones anteriores.

Entramos seguidamente en uno de los despachos, y José Antonio C., que para entonces ya comenzaba a tranquilizarse, inspeccionó la zona buscando algún aparato encendido, en ese instante y para sorpresa, tanto del vigilante jurado como mía, un póster de la exuberante cantante Marta Sánchez, que los funcionarios tenían colocado con cuatro chinchetas en la pared inmediatamente detrás de mi, cayó sobre mi cabeza.

El hecho fue sumamente extraño pues, de haberse tratado, como quisimos creer, de una corriente de aire, no se hubiese caído con todas las chinchetas que lo sujetaban (cuatro en total), era más bien, como si “algo” hubiese arrancado los enganches exprofeso. El asunto comenzaba a ser prometedor, aunque comprendí el miedo de mi compañero, yo me marcharía de allí al día siguiente mientras que él debía quedarse.

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Tras aquello, entramos en otro despacho, y sin motivo aparente, uno de los ventiladores generales, de los que se hallan empotrados en el techo, se puso a funcionar, en aquel instante no le dimos mayor importancia pues supusimos que eran de los que se ponían en marcha automáticamente cada ciertos intervalos de tiempo, pero más tarde nos enteramos que debían ser conectados desde calderas y que se conectaban todos a la vez (sólo se encendió donde estábamos), y como es evidente, allí no había nadie.

Horas más tarde y después de hacer un minucioso rastreo por todas partes, oí lo que mi amigo había sentido durante los últimos días, unos llantos que se me antojaron como producidos por un niño de corta edad, el sonido era claro pero lejano, por lo que decidí subir, siempre a oscuras, a la planta de donde creí provenía aquella voz.

Aquí ocurrió algo interesante, cuando creía que ese lloró lastimero estaba localizado en tal o cual planta, inmediatamente estos descendían o ascendían de lugar, dependiendo de donde yo estuviese, aunque era evidente que aquello estaba en el mismo edificio, parecía, eso he sospechado siempre, como si el llanto jugara conmigo a lo que se podría llamar un “escondite”. Cuando estos cesaron decidimos bajar a recepción, donde teníamos conectadas las luces y descansar un poco (afortunadamente logramos registrar aquella llantina en una cinta magnetofónica).

Seguir describiendo los acontecimientos de aquella noche, nos llevaría a un relato mucho más amplio del espacio del que disponemos, valga como referencia que durante todas aquellas horas que pasé en la Consellería, muchos otros episodios sucedieron, alarmas que se disparaban solas y volvían a apagarse sin ningún motivo o bien teléfonos que sonaban constantemente a horas tan intempestivas y a las que nadie contestaba, cambios bruscos de temperatura, etc.

Lo cierto es que nunca logré ver lo que tan ansiosamente deseaba, la sombra que aterró a mi compañero José Antonio C., pero lo que viví aquella noche fue suficiente para demostrar la veracidad de la historia de aquel “guarda jurado que escribe novelas de terror” y a comprender que en el enorme edificio de la Consellería de Sanidad y Trabajo, ocurrió algo que se sale de cualquier acontecimiento a lo que estamos acostumbrados, exista o no, un ente ajeno a nuestra realidad cotidiana.

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A modo de epílogo, es interesante señalar que José Antonio C. se despidió a los pocos días de nuestro encuentro, aunque la empresa de seguridad Protecsa, en la cual trabajaba y después de oír el motivo de la marcha, intentó evitarlo, reconociendo además, que no era él el único vigilante que había pasado por sucesos paranormales en la Consellería, otros antes que él, llegaron a escuchar ese lamento infantil y a ver la “sombra”, aunque públicamente Protecsa negó los hechos, como es obvio.

Más tarde, supimos que varias religiosas a cargo de la antigua Clínica de Maternidad La Cigüeña y que hoy era la Consellería, vieron también la sombra errante y a oír el llanto, aunque el periódico Hoja del Lunes dijo que estos eran producto del laboratorio en el edificio colindante en el cual habían ratas y conejos, motivo más que improbable.

De la Consellería de Valencia únicamente sabemos que realmente existieron episodios paranormales, aunque aun desconozcamos su procedencia. El sexo, el vestuario, el nombre de la aparición, etc., fueron todas inventadas por los sensacionalistas que quisieron ver en ello una historia romántica. El suceso nunca fue lanzado por el guarda José Antonio C. quién, como ya hemos anotado, procuró reservar su historia, como todos los que le precedieron, de manos de la prensa. Todo salió a la luz, así como el bulo, por uno de sus compañeros de profesión.

Hoy el asunto de la Consellería está ya olvidado, pero sería importante que no pasara como una mera anécdota. Alguien debería preocuparse de ello, pues recientes noticias llegadas a mí, hablan de la Consellería como de un lugar en el que siguen ocurriendo cosas de difícil clasificación.


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El Callejón del Beso

  Archivado en Historias y leyendas. Escrito el 25 de Enero del 2009 por Andrés.

Por Maesin.

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Leyenda de la ciudad de Guanajuato, México.

Se cuenta que doña Carmen era hija única de un hombre intransigente y violento pero por fortuna, siempre triunfa el amor por trágico que éste sea.

Doña Carmen era cortejada por un joven galán, don Luis. Al ser descubierta por su padre, sobrevinieron el encierro, la amenaza de enviarla a un convento, y lo peor de todo, casarla en España con un viejo y rico noble, con lo que, además, acrecentaría el padre su mermada hacienda.

La bella y sumisa criatura y su dama de compañía, doña Brígida, lloraron e imploraron juntas, pero de nada sirvió.

Así, antes de someterse al sacrificio, resolvieron que doña Brígida llevaría una misiva a don Luis con la infausta nueva.

Mil conjeturas se hizo el joven enamorado, pero de ella, hubo una que le pareció la más acertada.

Una ventana de la casa de doña Carmen daba hacia un angosto callejón, tan estrecho que era posible, asomado a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente.

Callejón del Beso (The Alley of the Kiss)

Si lograban entrar a la casa de enfrente, podría hablar con su amada y, entre los dos, encontrar una solución a su problema. Pregunto quién era el dueño de aquella casa y la adquirió a precio de oro.

Hay que imaginar cuál fue la sorpresa de doña Carmen cuando, asomada a su balcón, se encontró a tan corta distancia con su joven enamorado.

Unos cuantos momentos habían transcurrido de aquel inenarrable coloquio amoroso, pues, cuando más abstraídos se hallaban los dos amantes, del fondo de la pieza se escucharon frases violentas. Era el padre de doña Carmen increpando a Brígida, quien se jugaba la misma vida por impedir que su amo entrara a la alcoba de su señora.

El padre arrojó a la protectora de doña Carmen, como era natural, y con una daga en la mano, de un solo golpe la clavo en el pecho de su hija.

Don Luis enmudeció de espanto, pues la mano de doña Carmen seguía entre las suyas, pero cada vez más fría.

Ante lo inevitable, don Luis dejó un tierno beso sobre aquella mano tersa y pálida, ya sin vida.

Por esto a este lugar, sin duda unos de los más típicos de nuestra ciudad, se le llama el Callejón del Beso.

En la actualidad existe la tradición que todas las parejas que visiten esta ciudad deben acudir al callejón y darse un beso justo debajo del balcón para que su amor sea para siempre. También si vas con un grupo de amigos y pasas el callejón sin pareja puedes quedar toda tu vida sin amor.

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Vista de la Ciudad de Guanajuato


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El abrigo

  Archivado en Historias y leyendas, Terror y miedo. Escrito el 23 de Noviembre del 2006 por Andrés.

Regresaba de una fiesta muy animada en el Barrio de Trinidad rumbo a mi casa. Eran como las dos y media de la madrugada, la noche estaba muy oscura ya que una pertinaz tormenta de agua y viento castigaba la Avenida Mariscal López de la ciudad de Asunción. Conducía con cuidado, la energía eléctrica se había cortado y sólo la luz de los faros de mi automóvil y la intensa luz pero fugaz de los relámpagos alumbraban mi camino.

Faltaba una cuadra para llegar al cementerio de la Recoleta, cuando veo una persona al borde de la vereda haciendo señales para que me detenga. No lo hago, disminuyo la velocidad y paso lentamente y observo nítida la figura de una muchacha muy joven con cara de susto implorando ayuda. Mi instinto de humanidad privó, detengo la marcha y pongo marcha atrás, hasta llegar al lugar en donde ella estaba. Se acercó y me imploró si la podía acercar hasta su casa.

Abrí la puerta y se sentó presurosa, gracias, nadie quería parar, me dijo, tal vez por miedo, suele haber asaltos por aquí y no los culpo. Me comentó que hace unos dos años a ella misma le había pasado algo muy feo por la zona y por eso estaba con mucho miedo. Me percaté que la muchacha era muy bonita, lucía un vestido blanco de fiesta que resaltaba su esbelta figura. ¿Qué hacía sola una chica tan bonita en ese sitio?

Como si hubiera leído mi mente, me explicó: salí de una discoteca y acordé en encontrarme ahí mismo con un grupo de amigos que al final no llegaron, la discoteca cerró y me quede sola. Comenzó a llover muy fuerte y bueno aquí estoy. Le pregunté donde quería que la deje. Llevadme hasta mi casa, mi madre debe estar muy preocupada, siempre se preocupa mucho por mí, me doy cuenta que sufre mucho cuando no estoy con ella. Me dio la dirección, no estaba muy lejos de allí, a unas 20 cuadras más o menos.

La lluvia no cesaba, hasta parecía hacerse a cada minuto mas intensa. La muchacha temblaba de frío, instintivamente le tomé la mano y le dije que se tranquilizara que ya estaba todo bien. Sus manos, estaban frías como el mármol. Tomé mi abrigo de cuero de vaca que tenía en el asiento de atrás de mi automóvil. Póntelo, estás muerta de frío, le dije.

- Muchas gracias, de todas maneras ya falta poco para llegar.

Llegamos al lugar.

- Detente, yo vivo en esa casa de en frente ¿la ves? Un poco por cortesía y otro porque esa muchacha me gustaba, le dije “quédate con el abrigo”, que yo al otro día volvería a buscarlo. El pretexto era perfecto para volverla a ver.

Me dijo: “muy bien, mañana lo pasas a buscar. Te espero”.

- Hey, ¿cómo te llamas?

“Mariana”, me respondió sonriendo. Retorné mi camino a casa pensando en esa bella muchacha y en las extrañas circunstancias de haberla conocido.

El domingo había amanecido radiante, desperté a eso de las once de la mañana. Ya a esa hora el día se presentaba caluroso y muy húmedo. Voy a ver a esa muchacha, me dije. De paso la invitaré a almorzar. Me dirigí hacia allá, estacioné mi automóvil. Toqué el timbre. Salió una mujer de aproximadamente cincuenta años, muy parecida a Mariana, seguramente su madre. En realidad esperaba que ella saliera.

- Buenos días joven, ¿qué es lo que desea?

- Bueno, en realidad vengo a rescatar un abrigo que anoche le presté a su hija Mariana, es de cuero marrón oscuro…

- Disculpe se debe haber equivocado de casa, Mariana ya no vive con nosotros.

- Disculpe pero anoche la acompañe hasta aquí y me dijo que aquí vivía.

El rostro de la mujer se puso pálido. Me dijo con lágrimas en los ojos: “mi hijita Mariana falleció hace dos años en un accidente de automóvil. Venía con unos amigos de una fiesta en donde habían bebido demasiado”. No pudo contener las lágrimas mientras me explicaba. Yo insistí, describiendo cómo era la muchacha y el vestido que llevaba puesto.

- Pase por favor.

Abrió un cajón de un mueble de la sala y tomó una llave. Nos dirigimos por una escaleras y nos encontramos con una habitación cuya puerta estaba cerrada. La mujer abrió la puerta.

- Esta habitación permaneció siempre cerrada desde que ella murió. Esa noche estaba muy bonita, llevaba un vestido de fiesta blanco que yo misma se lo había hecho. Se dirigió hacia el placard y lo abrió.

Se me doblaron las rodillas, pude ver con espanto mi abrigo colgado, junto con su aún mojado vestido blanco.

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Por Alfred King


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Vampiros en la antigua Grecia

  Archivado en Historias y leyendas, Mitología griega. Escrito el 14 de Octubre del 2006 por Andrés.

No todos los vampiros tienen acento rumano. ¿Vampiros en la tierra del sirtaki, del vino resinoso, las brochetas y el sexo anal? Sí, sí, no son rumanos todos los chupasangre.

vampiros-lamia

Historias de Lamias

En la tragedia griega nos enfrentamos con los mayores derramamientos de sangre. La empusa o lamia, es un demonio que poseía cuerpo material, pero no formado por carne y huesos.

El poeta inglés Keats basó su poema Lamia en la siguiente leyenda que aparece en la Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato. Este habla de un discípulo de Apolonio.

Entre los más recientes se encontraba Menipo, un licio de veinticinco años de edad, provisto de buen juicio y de un cuerpo de tan bellas proporciones que más bien parecía un elegante y noble atleta. La mayoría de la gente creía que Menipo era amado por una mujer extranjera, muy hermosa, delicada y rica; sin embargo, no poseía ninguna de estas cualidades: todo era aparente.

Un día, yendo solo por el camino, se encontró con una aparición, una mujer que cogió su mano y le aseguró que hacía mucho tiempo que estaba enamorada de él, que era fenicia y vivía en un barrio de Corinto cuyo nombre le dio, diciéndole:

“Cuando llegues allí esta noche oirás mi voz cantándote; te daré un vino que jamás has bebido antes y no habrá rival que te moleste; nosotros dos, hermosos seres, viviremos juntos.”

El joven asintió, porque, aun siendo filósofo convencido, era susceptible a las tiernas pasiones. Aquella noche fue a verla y a partir de entonces se le vio constantemente en su compañía. Decía amarla porque aún no se había dado cuenta de su naturaleza.

Apolonio observa a Menipo como lo haría un escultor; trazó la silueta del joven y la examinó.

Después de hallar sus puntos flacos, le dijo:

-Eres un joven atractivo y hermosas mujeres te asedian, pero en este caso estás acariciando a una serpiente y una serpiente te acaricia a ti.

Ante la sorpresa de Menipo, Apolonio añadió:

-Esta dama es de una clase con la que no puedes casarte. Además, ¿ Porqué habrías de hacerlo? ¿Crees acaso que te ama?

-Claro que lo creo-respondió el joven-, ya que se comporta como si me amase.

-Entonces, ¿te casarías con ella?- preguntó Apolonio.

-¿Por qué no? Ha de ser maravilloso casarse con una mujer que le ama a uno.

Apolonio preguntó a Menipo por la fecha de la boda.

-Quizá mañana-contestó-, no tenemos por qué retrasarlo.

Apolonio aguardó con impaciencia el momento del banquete nupcial. Y entonces, presentándose a sí mismo a los invitados recién llegados, dijo:

-¿Dónde está la exquisita mujer a cuya invitación habéis acudido?

-Aquí está-replicó Menipo enrojeciendo al tiempo que se alzaba ligeramente de la silla.

¿Y a quien pertenece la plata, el oro y el resto de la ornamentación de la sala del banquete?

-A la dama-replicó el joven-. Esto es todo lo que poseo-dijo, señalando la capa que vestía.

Apolonio dijo:

-¿Has oído hablar de los jardines de Tántalo, que tan pronto existen como desaparecen?

-Sí-respondieron ambos-, en los poemas de Homero, ya que, ciertamente, nunca hemos ido al Hades.

-Pues lo mismo ocurre con lo que nos rodea en estos momentos, ya que no es real, sólo lo parece. Para que puedas comprender la verdad de mis palabras te diré que esta bella mujer es uno de los vampiros, es decir, uno de esos seres a los que muchos llaman lamias y duendes.

Estos seres se enamoran y dedican su vida a las delicias de Afrodita, pero en especial a devorar la carne de los seres humanos. Atraen con sus caricias a todos aquellos a quienes desean devorar.

La dama repuso: -Deja de decir tonterías y vete de aquí.-

Pretendía estar disgustada por las palabras de Apolonio y no cabía duda de que se sentía inclinada a mofarse de los filósofos, diciendo que sus palabras carecían de sentido.

Sin embargo, cuando quedó demostrado que las copas de oro y los objetos de plata eran tan ligeros como el aire y estos se confundieron con la luz, desapareciendo ante sus propio ojos, mientras los escanciadores de vino y todo el tropel de servidores se esfumaba tras las palabras pronunciadas por Apolonio, el espectro pretendió llorar e imploró que no la torturara y no la obligase a confesar lo que en realidad era.

Apolonio insistió sin ablandarse hasta que admitió ser un vampiro, que había estado embaucando a Menipo procurándole placeres antes de devorar su cuerpo, ya que necesitaba alimentarse con cuerpos jóvenes y hermosos, de sangre fuerte y pura.

He relatado la más conocida historia de Apolonio en toda su extensión, porque he creído necesario hacerlo así; muchas personas conocen el hecho y saben que se desarrolló en el centro de la Hélade; solo saben, de modo vago, que atrapó a una lamia en Corinto, pero nunca han sabido cómo sucedió y que lo hizo para salvar a Menipo. Yo debo este conocimiento a Demetrio y a sus escritos.

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La diosa alada mesopotámica Lilit, atada y con pies en forma de garras de animal. Placa Burney, barro cocido, comienzos del II milenio a.C. París, Museo del Louvre.

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Una lamia contemplando una serpiente en su brazo

lamia

Hoy me he puesto algo sencillo…

Otras tipologías de no-muerto griego

Otros bebedores de sangre de la antigua Grecia eran los manie (seres de una deformidad aterradora), los larve o larvae, espíritus que llevan consigo la marca de algún crimen, o la marca de un fin trágico y violento, que devoraban niños, el mormo (un espectro femenino), los gilo (fantasmas nocturnos) y las striges, que se presentabas como hermosas mujeres vampiro y como aves de rapiña chupadoras de sangre que también se inclinaban por la sangre de recién nacidos, a los que arrebataban de sus cunas mientras producían un sonido estridente.

Ovidio, autor latino nacido en el 43 a. C. describe a estas últimas en sus Fastos:

Hay unos pájaros voreces, no los que engañaban
Las fauces de Fineo con los manjares,
Pero tienen la descendencia de ellos.

Tienen una cabeza grande, ojos fijos, picos aptos para la rapiña,
las plumas blancas y anzuelos por uñas.

Vuelan de noche y atacan a los niños, desamparados de nodriza,
y maltratan sus cuerpos que desgarran en la cuna.

Dicen que desgarran con el pico las vísceras
de quien todavía es lactante
Y tienen las fauces llenas de la sangre que beben.

Su nombre es Stringe;
pero la razón de este nombre es que acostumbrar a graznar de noche de forma escalofriante.

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Strix, la vampiresa caníbal

Petronio y Marco Anneo Lucano hacen la siguiente descripción sobre la strix Ericto, inhumana habitante de Tesalia que habitaba sepulcros vacíos:

Su fisonomía sacrílega está marcada por una escualidez repulsiva, y su cara, espantosa por su lividez infernal, se inclina sobrecargada de desgreñados mechones; el cielo sereno no la ha visto jamás.

Si un nimbo y negros cúmulos ocultan los astros, entonces es cuando la Tesalia sale de las despojadas tumbas en pos de los rayos nocturnos.

Con sus pisadas deja quemadas las semillas de las mies feraz, y con su aliento corrompe el aire que no era mortal. Sepulta en la tumba almas llenas de vida que todavía rigen los cuerpos; a otros a los que los hados les reservaban años de vida se les ha presentado la muerte, sin ella quererlo; pervirtiendo las exequias, saca los cadáveres de los túmulos, y los restos mortales escapan de las mismas tumbas.

De en medio de las piras roba las humeantes cenizas y huesos calcinados de jóvenes y hasta la antorcha que sostenían sus padres; recoge los residuos del lecho sepulcral que vuelan en oscura humareda, los vestidos que se deshacen en cenizas y el rescoldo que huele a cadáver.

Desde luego es mejor que “cuidado con el perro”

Desde luego es mejor que “cuidado con el perro”

Mas cuando se han enterrado bajo piedras y pierden los humores internos, y consumida la médula de los cuerpos corruptos se endurecen, entonces se encarniza ávidamente contra todos los miembros, hunde las manos en los ojos, se extasía vaciando los helados globos y les roe las pálidas excrecencias de las manos desecadas.

Se sitúa junto a los cadáveres dejados en la tierra desnuda antes que las fieras y las aves rapaces, y no despedaza los miembros con el hierro o con sus propias manos, sino que espera a que los muerdan los lobos, dispuesta a arrebatar de sus ávidas fauces los desmembrados trozos.

No duda ante el asesinato si necesita sangre caliente, la primera que brota al abrir el cuello, si las fúnebres mesas exigen entrañas palpitantes; así, abriendo el vientre, y no por donde la naturaleza reclama, extrae los fetos para colocarlos en aras ardientes.

Arranca el vello de un cadáver en la flor de la vida, arranca con la mano izquierda la cabellera de los efebos moribundos. A menudo, en el funeral de un pariente, la sanguinaria maga Tesalia se abalanza sobre los miembros queridos y, dándoles un beso, les mutila la cabeza, les abre la boca oprimiéndosela con los dientes y, mordiéndoles la lengua pegada al paladar reseco, desliza un murmullo en sus labios helados, transmitiendo así algún nefando secreto a las sombras de la Estigia.

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Moda vampírica: Temporada otoño-invierno

Si has llegado hasta aqui es que te gustan los vampiros, enhorabuena, a mi tambien.

por J.C Noguera


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