Mentiras publicitarias en derivados lácteos

Este texto pertenece a Adrián Martinez, Médico y profesor de Salud Ambiental en IES Canastell de San Vicente del Raspeig acerca de las mentiras publicitarias de los derivados lácteos, en los que se nos muestra enfermos o débiles por no tomar su productos.

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Alguien me pregunta si tengo algo en contra de los lácteos en cuya publicidad se afirma su idoneidad para recuperar o aumentar las defensas corporales. Y le respondo que no especialmente, comentándole que hasta hace poco te renovaban por dentro, y que a mi me daban dos, y que la leche de vaca es muy buena, sobre todo para el ternero.

Y es que me genera mala leche que a través de estos anuncios se intente cambiar no solamente las percepciones sobre las causas de los trastornos que padece el ser humano, sino la misma forma de pensar sobre ellos.

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Y más mal carácter láctico me produce recordar que muchos productos – fitoterapeúticos por ejemplo – fueron retirados del mercado en 2001 porque, según la Agencia Española de Medicamentos, alegaban que aportaban algún beneficio para la salud.

Decir en un prospecto que un producto a base de ajo puede mejorar la salud es ilegal, ya que tal cosa está reservada sólo a los medicamentos, y por lo que se ve a algunos derivados lácteos. Por lo tanto el ajo encapsulado es un medicamento. Si es que los españoles somos unos cachondos; igual nos aliviamos con una manzanilla que mandamos al Chikilicuatre a remediar Eurovisión o trasmutamos en puericultor a algún político. Será que estamos acostumbrados al doble rasero, como siempre.

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Distinción que está enmendando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, dejando en ridículo a los ministerios de Sanidad comunitarios, incluido el nuestro, dejando muy claro en una sentencia que el hecho de que un producto alimenticio, dietético o fitoterápico sugiera efectos fisiológicos no lo convierte sin más en un medicamento que requiere ser aprobado.

Sin embargo creo que las sugerencias que se desprenden de la publicidad de ciertos productos lácteos de que la gente puede estar afectada por una deficiente inmunidad son tan absurdas como falsas. Y más lo es atribuir propiedad beneficiosa a un producto que jamás ha demostrado de forma contundente su eficacia para tal fin, convirtiéndolo, más que en un producto natural, en una auténtica panacea.

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Y es que estos productos, y sobre todo la forma de publicitarlos, se basan en el esfuerzo por sugerir que la causa del trastorno, cuya solución es el producto, está en el individuo, sea por razones biológicas, psicológicas o sociales, distrayéndonos de un entendimiento más profundo de los complejos orígenes de distintos trastornos.

Y aun considerando que lo que se nos intenta hacer ver en esta publicidad son trastornos reales, cosa que dudo, no alejaría el fantasma de la maquinaria de marketing de ciertas industrias tratando de centrar la atención del público en un reducido espectro de soluciones para sus posibles problemas de inmunidad a través de la comprensión de un número reducido de causas.

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Por otro lado, estos anuncios extienden los límites del supuesto trastorno que nos incapacita para defendernos adecuadamente mediante nuestras propias defensas, haciendo aparecer colectivas molestias de la vida cotidiana como auténticos monstruos que nos devoran las defensas y nos exponen a la enfermedad o a la pérdida de capacidades.

Típico anuncio que nos muestra débiles, como si fuéramos personajes de Cocoon en nuestra vida diaria, y como si jugar un partido de fútbol supusiera estar al borde de la muerte.


Si el vídeo no funciona, puedes verlo aquí.

Esta falta de nitidez en la definición sugiere con ligereza los hábitos que la gente debería tener para sentirse mejor consigo misma. Y cuando la gente es capaz de identificarse con los actores del anuncio (con el trastorno en sí), no se juzga a sí misma con tanta severidad, saben que pueden buscar ayuda y que, como resultado, podrán enfrentarse al aburrido y tedioso trabajo en la oficina, al hipotecario devorador de fin de mes, a los niños en casa o vivir las relaciones que desean sin sentir que hay algo en ellos que no funciona.

Parte del esfuerzo por concienciarnos de que existe un “trastorno por déficit de inmunidad por baja ingesta de bichos lácticos”- acabo de inventar una nueva enfermedad – está diseñado para presentar el presunto bajón defensivo como si estuviese causado por un desequilibrio biológico de raíz social, emocional o nutricional, que debe repararse con derivados lácticos de por medio.

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Pero cada vez son mayores las pruebas que sugieren que la salud de los individuos y las poblaciones viene determinada por muchos más factores que sus ingestas de lácteos o el número de medicinas que consumen. Factores relativos a la educación, al entorno medioambiental, a la economía y a las desigualdades influyen sobremanera en la salud.

Así que continuar centrando la atención del público en definiciones tan limitadas de causas y soluciones supone la pérdida para nuestras sociedades de maneras mucho más efectivas, seguras y baratas de reducir la carga de las enfermedades reales y de ayudar a la gente a estar más sana y feliz.

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En este sentido cabria preguntarse ¿cuál es la naturaleza de una sociedad en la que la incomodidad social está tan ampliamente extendida -como usada por la publicidad– entre sus miembros? Interrogante que mueve a la reflexión y a la investigación de fenómenos culturales como la competencia, nuestra definición de éxito y el cambio en los patrones de relación de unos con otros.

Mucho más que los desequilibrios lactobifidobacílicos, que aún pudiendo ser verdad no pasan por las soluciones publicitarias. Pero esto son soluciones y lácteos de otro costal.

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