Blogodisea: juegos, ciencia, arte, noticias, famosos, vídeos, fotos y humor
Juegos, ciencia, arte, noticias, famosos, vídeos, fotos y humor


La macabra historia necrofílica de Carl Tanzler y Elena Hoyos

  Archivado en Psicología, Sociedad, Terror y miedo. Escrito el 26 de Enero del 2010 por Andrés.

El suceso de tintes bizarros que gira en torno a Carl Tanzler y sus retorcidas predilecciones en el amor y el cariño, parecen sacadas de una leyenda urbana, aunque en realidad esta historia es verídica. Dicho individuo se bautizó con numerosos nombres, aunque Conde Carl Von Cosel sería uno de los más conocidos, junto a Tanzler, por no hablar de su certificado de matrimonio alemán, donde firmó con el nombre de Georg Karl Tänzler.

Carl Tanzler Elena Hoyos imagen

Tanzler nació en 1877 en Dresden, Alemania y se mudó a Zephyryhills, Florida, en 1927. Pronto se sumaron su esposa y dos hijas. Allí, consiguió un trabajo como radiologista en el Hospital para Marines de Estados Unidos en Key West. Se contrató a Tanzler para atender la sección de enfermos de tuberculosis, que por aquel entonces era una enfermedad muy extendida y mortal. Por más que los doctores se empleasen en sus pacientes, la tuberculosis se cobraba muchas vidas en aquella década de 1930.

Muchos de los conocidos de Tanzler eran pacientes, y la mayoría sucumbían ante esta enfermedad. La carga emocional y mental que esto requiere, es difícil de entender para nosotros que no nos enfrentamos a la muerte a diario, pero para cualquier mente sana, esta desensibilización en la realidad de la mortalidad, supone una peligrosa mella.

Carl Tanzler Elena Hoyos necrofilia

En este punto, cabe destacar que Tanzler no era una de las personas más estables, siempre fabulando sobre nuevas técnicas y conocimientos médicos que nunca fueron refutados. Decía saber curar varias dolencias con técnicas no testadas y siempre mencionó sus títulos y cualificaciones que nunca pudieron ser demostrados. Al parecer, no disponía de ninguna formación de escuela médica alguna.

Estos delirios de grandeza, quedaban constatados cuando narraba que siendo tanto niño o adulto, fue visitado por el espíritu de un antiquísimo ancestro, la Condesa Anna Constantia Von Cosel, de la cuál Tanzel empezó a adoptar su nombre. Esta aparición, le enseñó visiones sobre una exótica belleza de negros cabellos que sería el amor de su vida.

Aunque estaba casado y con hijos, Tanzler creyó haber encontrado a su particular venus, cuando conoció a Maria Elena Milagro “Helen” de Hoyos en abril de 1930. Elena era una paciente de tuberculosis que contaba con 22 años y una gran belleza.

Carl Tanzler Elena Hoyos tuberculosis

Tanzler se esmeró en sanar a Elena a toda costa, y su desesperada familia accedió a que la tratase con sus métodos poco ortodoxos, que no habían sido probados en nadie con anterioridad. Estos consistían, desde hierbas medicinales a tratamientos de rayos X.

De esta manera, Tanzler empezó a profesar un amor hacia Elena, a la cual agasajaba con regalos y atención, aunque sus remedios médicos no la rescataban de la enfermedad. Al parecer, la idea que tenía Tanzler, era que si salvaba a Elena de esta enfermedad fatal, no le quedaría más remedio que estar en deuda amorosa con él.

Carl Tanzler Elena Hoyos foto

A pesar de sus obsesivos esfuerzos, Elena murió el 25 de Octubre de 1931. Tanzler temía que las aguas subterráneas contaminaran el cuerpo de la fallecida, por lo que construyó un mausoleo elevado del suelo donde descansaría el cuerpo en paz, con el permiso de la familia. Allí, comenzó a visitar a Elena, y su relación con ella avanzó a un estadio más macabro.

Carl Tanzler Elena Hoyos joven

La familia de Elena, había confiado en él la vida de su hija, y conociendo lo mucho que hizo por ella, no sospecharon nada de sus visitas a la tumba. Lo que no sabían en ese momento, es que Tanzler se había embarcado en una carrera contra la descomposición del cuerpo de Elena, intentando mantener el cadáver en un estado de éxtasis. Preservó el cuerpo con formaldehido e intentó otras dudosas técnicas como aplicarle electricidad con un cañón tesla o ungüentos de partículas de oro.

Durante los siguientes dos años, se sentaba junto a Elena la mayoría de noches, manteniendo largas conversaciones con su cadáver. Incluso llegó a instalar un teléfono para poder comunicarse con ella aunque no estuviera presente allí. Tanzler manifestó que el fantasma de Elena le visitaba de forma regular, pidiéndole que retirase el cuerpo de su tumba.

Eso es lo que hizo en 1933, robando el cuerpo de Elena del mausoleo y llevándola a su casa. En este punto, Elena llevaba muerta dos años, y Tanzler luchaba incesantemente para preservar su cuerpo. Usaba toda clase de preservantes para detener la descomposición, y aplicaba botella tras botella de perfumes para compensar el hedor que desprendía su marchito cuerpo.

Carl Tanzler Elena Hoyos maniqui

Nada parecía funcionar, y el cuerpo de Elena Hoyos continuó pudriéndose. A pesar de eso, intentó siempre que ambos permanecieran juntos, simulando vivir una feliz relación. Para ello, incluso tocaba canciones en el órgano para ella, instrumento en el que Tanzler era experto.

Mientras el proceso de descomposición continuaba, sus métodos se fueron extremando. Usó cuerdas de piano para mantener sus huesos juntos, en un bizarro intento de conservar su esqueleto formado. Cuando sus ojos se pudrieron, los sustituyó por unas réplicas de cristal. Su piel podrida pronto fue cayendo, y mientras lo hacía, Tanzler fue reemplazándola con una extraña composición que había creado, mezclando terciopelo, cera y yeso.

Carl Tanzler Elena Hoyos cuerpo Carl Tanzler Elena Hoyos ojos

En cada paso natural de la descomposición, Tanzler intentó congelar a Elena en el tiempo, y con cada uno de estos pasos, ella era menos ese cuerpo al que había amado. Pronto se convirtió en una muñeca mórbida, una triste caricatura de la Elena Hoyos viviente. Su cuerpo se desmoronaba a la vez que sus órganos se descomponían, y Tanzler llenó su estómago y pecho con trapos con la esperanza de conservar su forma.

El pelo fue cayendo, y usó esos mismos cabellos para fabricar una peluca con la que vestir su cada vez más calva cabeza. Algunas versiones, alegan que instaló un tubo que actuaba como una falsa vagina con la que realizar el acto sexual, pero estas evidencias no fueron registradas en los primeros informes cuando el caso salió a la luz. Este hecho fue “recordado” por dos científicos presentes en la autopsia de 1940 cuando pasaron 30 años del incidente.

Carl Tanzler Elena Hoyos restos

En 1940, nueve años después de la muerte de Elena, su hermana oyó rumores acerca de las acciones de Tanzler y fue a visitarle. En su casa, encontró el cuerpo, vestido con las ropas de Elena. Tanzler fue arrestado y se le sometió a un examen psiquiátrico. Se le encontró capaz de enfrentarse a un juicio con el cargo de haber “destruido una tumba y haber profanado el cuerpo sin autorización de forma malintencionada”. Aun así, el estatuto de limitaciones para los crímenes contra tumbas, había expirado en su caso, por lo que nunca fue castigado. Esto choca con una noticia que he encontrado sobre una fianza pagada para liberarlo. El caso es que no fue preso.

Tanzler_muerte_periodico

Esta terrible y extraña historia fue cubierta por los medios, pero la opinión pública, sorprendentemente, se decantó a favor de Tanzler. Mucha gente lo consideró un romántico excéntrico, que quizás se había equivocado, pero nunca con mala intención. El cuerpo de Elena Hoyos fue examinado por médicos y patólogos, y fue mostrado a un público de miles de personas. Tras esto, su cuerpo se enterró en una localización secreta, donde permanece aun actualmente.

Tanzler escribió una autobiografía pasados unos años, que apareció en la revista de fantasía y ciencia ficción, “Aventuras fantásticas”, en 1947. Pero esto no se trataba de algo ficticio, y la historia continuó. Aunque Tanzler había perdido el cuerpo de Elena, su obsesión no menguó.

Usó una mascarilla para crear una efigie, vistiéndola como Elena. De alguna manera, la grotesca transformación de una bella mujer a una muñeca perturbadora, había terminado. No había duda de que Elena Hoyos, su querida compañera en vida, inhabitante del cuerpo artificial, era más importante para Tanzler que la Elena real, una bella mujer que nunca estuvo enamorada de él al principio. Vivió de sus recuerdos con esta efigie el resto de su vida.

Tanzler murió el 13 de Agosto de 1952 en su casa. Una versión cuenta que murió con la efigie de Elena en sus brazos, aunque su obituario declara que fue encontrado muerto, desvanecido tras uno de sus órganos.

Carl Tanzler Elena Hoyos cadaver

Esta impactante historia ha sido reflejada en varios trabajos musicales y se ha mostrado en museos. Algunas bandas de música han dedicado sus canciones a la historia de Tanzler, o hay exhibiciones de Tanzler y Elena en los museos “Ripley’s Believe It or Not museum“, así como en la Galería de arte Martello y el Museo de Historia de Key West, ambos en Key West, Florida.

La historia es impactante, sí, pero se ha discutido que sería fácil tildar a Tanzler de lunático. A su modo, permaneció fiel a quien amaba, aunque su visión de la realidad fuese una ilusión deformada. Nos produce curiosidad, y luego nos disgusta por lo que hizo. ¿Podemos llegar a sentir algo de lástima por él, un hombre que no pudo soportar vivir en un mundo aparte de la mujer que no podía perder? Quizás la historia sea tan macabra que nos cueste verla desde un punto de vista romántico.

Carl Tanzler Elena Hoyos mascara


5 comentarios

Artículos relacionados:

  1. Historia escatológica con un calcetín

  2. Canibalismo en la historia



Esto no puede ser real

  Archivado en Historias y leyendas, Terror y miedo. Escrito el 31 de Octubre del 2009 por Andrés.

Como hoy es Halloween, os propongo una historieta de miedo para que dejéis esos pañales cagaitos. Atreveos a leerla si sois lo bastante valientes como para resistirlo…

Esto no puede ser real

Álvaro, un joven en una ciudad nueva, tras ir al cine a ver una película de terror, descubre que a veces lo que se ve en la pantalla puede llegar a suceder…

———————————————————-

Álvaro González jamás había sentido tanto miedo. Siempre le habían gustado las películas de terror, pero nunca había llegado a sentir miedo con ninguna, y menos con una de vampiros. En el cine de la pequeña ciudad donde recientemente se había instalado para trabajar en una fábrica, emitían un ciclo de películas de terror que habían bautizado como “Ensalada de maníacos”, y esa noche proyectaban un filme titulado “Los colmillos del vampiro”. Álvaro no conocía la película, pero tratándose de los chupasangre, pensaba que no se llevaría demasiados sobresaltos.

Se equivocaba. El realismo de la película le impresionó. Estaba filmada con un ángulo que daba a la cinta un aspecto truculento. El argumento no tenía ni pies ni cabeza. Lo único que aparecía en la película era una calle oscura. A la entrada del callejón había un Escarabajo amarillo aparcado junto a una farola parpadeante. Por el callejón se internaba alguien, normalmente joven, y la cámara le seguía a cierta distancia. De algún modo, daba la impresión de ser una cámara oculta y los actores simples personas que pasaban por allí.

Antes de entrar en el callejón, las futuras víctimas se encontraban con un perro de aguas de aspecto hambriento y que parecía estar bastante loco. Parecía que trataba de persuadir a la gente para que no entrase en la callejuela. Al final de la calle, las víctimas eran atacadas por un vampiro de aspecto clásico que bajaba de las escaleras de incendios. Llevaba un traje similar al Drácula de las películas antiguas, y en general era parecido a él. Aunque el rostro del vampiro era la cara de un hombre corriente y algo atractivo, provocaba una cierta sensación de inquietud, sobre todo sus ojos.

historia-miedo-sangre-vampiro

Álvaro salió del cine, aliviado por el final de la película, y caminó hacia su casa. Entonces detuvo su paso y se dio cuenta de algo a lo que antes no le había dado importancia. De la escasa gente que había acudido a ver el filme, nadie había mostrado signos ni actitudes de miedo. No se oían las típicas exclamaciones de las chicas que fingen asustarse para coquetear con su novio. Tampoco nadie había hablado. Simplemente se habían quedado ahí, viendo la película con la mirada perdida en la pantalla.

Álvaro le quitó importancia al asunto y siguió caminando. No tenía sentido preocuparse por cosas de esa naturaleza. Si no, no podría dormir bien y tenía problemas más importantes que atender. Como el trabajo, por ejemplo. Ya había recibido amenazas de despido por parte del capullo de su jefe. “A ver si piensa que soy una máquina”, pensó, “Ese tío es un gilipollas y un cabrón.”

Era una noche extraña. Las calles estaban vacías, y el cielo negro bañado por una luna amarillenta, casi rojiza, parecía irreal. Debía ser por el cansancio, pero las pocas personas que veía le parecían borrosas, como si únicamente fueran sombras. De repente, Álvaro frenó en seco, desconcertado. Justo cuando se iba a internar en la calle que tenía que cruzar para ir a su casa, Álvaro vio un perro. Inmediatamente pensó en el perro que aparecía en la película, pero descartó en seguida esa posibilidad.

Ni siquiera eran de la misma raza (él tenía delante un pastor alemán), pero sí que parecía tan loco como el otro. A diferencia de la escasa gente que encontraba, al cánido lo vio claramente. Casi parecía destacar en la oscuridad de la noche. El animal miró sin interés al chico y pronto giró la cabeza, más interesado en el cubo de basura abierto de la esquina que en él.

historia-miedo-vigilante

Álvaro respiró un poco más tranquilo y se internó en el callejón. Un pensamiento cruzó como un rayo su cabeza. Estaba seguro de que iba a encontrarse con una farola y un Escarabajo amarillo aparcado junto a ella. La farola sí estaba, y también había un coche aparcado, pero ni era un Escarabajo ni era amarillo. Era un viejo Opel Corsa blanco, lleno de abolladuras y con la matrícula torcida. Álvaro suspiró aliviado, pero todavía sentía algo de inquietud. No podía evitar fijarse en que aquella calle era muy parecida a la que aparecía en “Los colmillos del vampiro”.

- Es sólo una película –susurró para sus adentros, con la clara intención de tranquilizarse.- No era real, aunque lo pareciese. Fíjate, eso es un Opel Corsa, y en la película salía un Escarabajo. ¡Y el perro! ¡Por favor…! El que vi era un pastor alemán, y el de la película era un perro de aguas.

De repente, un fuerte estruendo metálico interrumpió a Álvaro y casi lo hizo gritar. El chico giró la cabeza hacia la fuente del ruido y vio que un gato había logrado tirar al suelo la tapa de un cubo de basura y estaba hurgando en el interior. Álvaro respiró tranquilo, pero su corazón seguía bombeando a mil por hora. Entonces, se dio cuenta de su situación y se echó a reír, medio avergonzado medio divertido con su actuación. Se puso de nuevo a caminar, olvidándose del asunto y apurando el paso.

Fue cuando se le ocurrió mirar hacia arriba cuando sintió que todo se alejaba de la realidad. Por un momento, creyó que se estaba volviendo loco. Las escaleras de la salida de incendios del edificio que tenía a su derecha estaban bajadas, pero, ¿desde cuándo había salida de incendios en aquella calle? Álvaro no lo recordaba…

historia-miedo-lobo

-¡Esto no puede ser real! –Gritó a la noche-. ¡No puede estar ocurriendo! Pero, ¿qué ocurre aquí?

Álvaro dio dos pasos atrás, se llevó las manos a la cabeza y se puso de cuclillas para recobrar el aliento. “Respira profundo, tranquilo”, pensó, “. Hace apenas dos meses que vives aquí, seguro que no te has fijado en las escaleras de incendios. Sí, eso es”. Álvaro se volvió a levantar y dio unos pasos lentos, algo más tranquilo, aunque en el fondo sabía que no eran más que palabras tranquilizadoras. Sabía perfectamente que allí no tenían que haber escaleras de incendios.

De repente, un estremecedor pensamiento le atravesó el cerebro. En la película que había ido a ver, sí había escaleras de incendios. Miró un momento más al edificio y continuó caminando. Ya había recorrido más de la mitad del callejón. Sólo tenía que andar otro tanto y llegaría a la calle principal. Entonces, se le pasarían todos los temores.

Los pasos producían un ruido extraño, hueco, como si hubiera amplificadores en el suelo. Se levantó un fuerte viento que producía un chillido fantasmal, lo que contribuyó al malestar general de Álvaro. Nunca había sentido tan largo aquel oscuro callejón. Por alguna extraña razón, las farolas emitían muy poca luz, produciendo una oscuridad más intensa de la habitual.

Con paso firme, Álvaro caminó hacia la salida del callejón, pero paró en seco. Allí no había salida, únicamente una pared agrietada y gris, tan alta como los edificios circundantes. El chico no se podía creer lo que le estaba sucediendo, era ridículo.

- ¡Esto no puede ser real! –Susurró para sí- ¡Aquí tenía que haber una salida! ¿Qué coño está ocurriendo aquí?

historia-miedo-vampiro

“Venga, tranquilo”, pensó, “Seguro que te has equivocado de calle. Vuelve para atrás y sigue el camino correcto”. Respiró tranquilo y se volvió. Ésa era la única razón lógica. Ahora le veía sentido a todo. Por eso mismo estaban esas escaleras de incendios. Sin embargo, cuando se dispuso a irse, sintió algo.

Álvaro tuvo la extraña sensación de que le observaban. Sentía una presencia que le acosaba desde las sombras de la noche. Con el corazón en un puño, empezó a andar lentamente hasta la entrada del callejón. Sin dejar de mirar a las escaleras de incendios, Álvaro avanzó a lo largo de la acera. Estaba seguro de que allí no había ningún vampiro, pero no le apetecía lo más mínimo encontrarse con un desconocido en aquella calle, y menos de noche. Un ruido en lo alto del edificio le hizo mirar hacia arriba. Una negra silueta andaba por el tejado, al mismo paso que Álvaro. El chico aumentó el ritmo de avance, y la silueta hizo lo mismo. Si aguantaba hasta salir del callejón, estaría más tranquilo. Pero la ilusión de escapar se convirtió en nada.

Ya no existía la entrada de la calle. En su lugar, había otra pared gris, idéntica a la que había encontrado antes. Álvaro dio dos pasos atrás, sin ser capaz de reaccionar. “Esto no puede estar sucediendo,” pensó, “No tiene sentido, ¿qué coño ocurre?”. El chico se volvió, para toparse con otra pared un poco más allá. Había quedado encerrado allí, con aquel demente en el tejado. Vigilándole. Estudiándole.

La silueta del tejado bajó de un salto hasta la escalera de incendios más alta, haciendo más visibles sus rasgos. Vestía de negro, con una especie de capa y un traje oscuro, según le parecía al chico. El pelo era negro como la noche, pero su cara no era todavía reconocible. Con calma, el hombre empezó a bajar por las escaleras, primero un pie, luego el otro, lentamente, muy lentamente. Álvaro perdió totalmente el control y se arrojó contra una de las paredes, golpeándola con los puños hasta que le empezaron a sangrar.

callejon-sin-salida

Vio una puerta y la aporreó con vehemencia para que la abriera quienquiera que viviese allí, pero parecía no haber nadie en casa. Intentó derribarla a patadas, pero tampoco parecía dispuesta a ceder. Miró hacia arriba y vio que el hombre había bajado más de la mitad de las escaleras. Ahora podía verle mejor la cara, y la reconoció de inmediato. Era la cara del vampiro de la película que había visto en el cine. Álvaro se quedó estupefacto, sin ser capaz de mover un solo músculo del cuerpo. Esas cosas sólo pasaban en las películas y en los libros malos de terror.

Cuando el vampiro llegó al final de las escaleras, saltó directamente al suelo. En su caída libre, desplegó su capa y miró con cruel gozo a Álvaro. Aterrizó de pie, sin apenas agachar las rodillas, y se cubrió el cuerpo con la capa. Sonrió al chico con lascivia y abrió lentamente su boca. Mientras lo hacía, salieron a relucir dos colmillos largos como cuchillas, ambos empapados en sangre, sangre seguramente de una víctima anterior.

Lentamente se acercó a Álvaro, alargando los brazos para cogerle por el cuello y echarle la cabeza hacia atrás e hincarle el diente. Álvaro se quedó donde estaba, sabiendo que era inútil resistirse. Y acaso, ¿sería tan malo? Se convertiría en un vampiro, una criatura de la noche. Éste era el último consuelo que le quedaba a Álvaro antes de que el vampiro le agarrase, le mordiese la yugular y se hiciese la oscuridad.

Álvaro despertó en medio de una oscuridad impenetrable. Se sentía desorientado y confuso, y al principio pensó que ya era un vampiro, que aquel monstruo lo había transformado. Poco a poco, su mente se fue aclarando y la imagen del vampiro se fue diluyendo. Entonces, lo comprendió todo. No había sido más que una pesadilla, terrible, realista, pero una simple pesadilla. Ni siquiera había ido a ver una película de vampiros el día anterior. Habían proyectado una estúpida película titulada “Bajo tierra”, sobre un caso de entierro prematuro. Álvaro se echó a reír, en parte por el alivio que sentía, y decidió que era momento de levantarse.

Cuando el chico movió el cuerpo hacia arriba, se golpeó la cabeza contra una superficie puesta encima de él, a modo de tapa. Álvaro arqueó las cejas, confuso, y trató de moverse hacia los lados, pero había sendas paredes que le bloqueaban el cuerpo. Por alguna razón estaba encerrado dentro de algo que le recordó a una caja, o a un…

historia-miedo-ataud

Una voz profunda, pero humana, le sacó de sus pensamientos y lo trajo a la realidad. La voz sonaba grave, imperativa, pero a la vez amable. Sonaba como la voz de un sacerdote. Álvaro contuvo el aliento y se dispuso a escuchar, pero una parte de él sabía lo que ocurría.

-Estamos aquí reunidos para dar sepultura al joven Álvaro González Santos –decía la voz-, muerto en el día de ayer a causa de una caída. Roguemos por la salvación de su alma…

“Esto no puede ser real”, pensó Álvaro.


2 comentarios

Artículos relacionados:

  1. ¿Es verdad que se puede hacer un injerto para que un arbol tenga ramas de dos frutales?

  2. Los dolorosos problemas de un real culo: la fistula in ano de Luis XIV…

  3. ¿Es verdad que James Bond está inspirado en un estafador real?



Lascivus, la criatura de la cueva

  Archivado en Terror y miedo. Escrito el 4 de Diciembre del 2008 por Andrés.

Llovía incesantemente en las alturas de la serranía, conocidas como La Fila de Aserri. El agua, filtrada entre la abundante bruma, calaba hasta los huesos; tal vez por eso, Saúl, el guía, obvió el sendero de regreso y nos llevó hasta “la gruta susurrante”.

El lugar no era otra cosa que una amplia oquedad muy bien guardada por la cubierta boscosa, en una de las infinitas gargantas de la serranía. Saúl se jactaba de ser el único lugareño vivo que conocía el sitio. Recuerdo que la existencia de la cueva misteriosa andaba en boca de la gente mayor, aunque en realidad pocos podían jactarse de conocerla. En todo caso, pocos se lamentarían de no visitar un sitio como ese, en una zona plagada de misterios y hechos inexplicables. Ahora bien, Saúl nos desvelaba su más caro secreto, siempre fue su intención hacerlo, y la ocasión se había presentado.

“Con que ésta es la famosa cueva de la que tanto hablaban los abuelos”. Bueno, la verdad es que la actitud de los otros dos amigos, fue la de guardar silencio; Pablo miraba el lugar con estudiada indiferencia; en Jorge creí notar un incipiente miedo. A la obligada pregunta de si eran ciertas las extrañas relaciones que del lugar circulaban, lo que en un principio creímos producto de la calenturienta fantasía de Saúl, se desbordó en una serie de relatos que versaban sobre desapariciones y, sobre todo, del espeluznante rugido que, según se decía, se exteriorizaba de las profundidades de aquella caverna. La veracidad aparente que Saúl daba a su relación hizo nacer la inquietud entre los otros, yo incluido.

lascivus

Tal vez, y como una reacción humana a aplacar los miedos, los tres nos dimos en contradecir los argumentos de Saúl, apelando al arma usual que se destila en tales casos: el escepticismo. Incluso, nos permitimos algunas licencias de esas que sólo se dan entre amigos, embromándolo por lo que dimos en llamar, su excesiva “creyensería”. Este hecho y la continua joda, parecieron encenderlo. Se puso más serio de lo normal, nos reprochó sin más nuestra incredulidad.

“Ahora, si caminan un poco conmigo, se darán cuenta de lo que digo”. Buscó antes, como el mago que se prepara para su función, en un intersticio oculto de la roca, unas enormes teas, tomó de ellas dos, dándome una a la que prendió fuego e invitándonos a que le siguiéramos…

Caminar por aquella arteria rocosa, umbrosa y húmeda, ponía a prueba el temple de cualquiera. Curiosamente, y conforme nos adentrábamos en la cueva, no apreciábamos a los inquilinos habituales de esos lugares, sin murciélagos ni arañas que animaran el cavernoso paseo, muy al contrario de lo que se piensa, esta ausencia acrecienta la soledad mas atroz. Al hacer notar esta falta, Saúl sólo respondió con un seco “ya verán por qué”.

Habíamos andado no más de quince metros, que en aquellas condiciones parecen alargarse. Jorge se mostraba muy inquieto y quería regresarse; Pablo era de su misma opinión y yo, en mi fuero interior, era de la misma opinión. De repente, Saúl hizo un gesto con su mano para que calláramos, escuchando con atención, tomó la otra tea y procedió a encenderla. Una vez hecha la operación, tomó la que yo traía conmigo, y las agitó en el enralecido aire de la caverna.

Entre las sombras, y poseedor del fuego provocador, parecía un genio maligno de las profundidades, en tanto que sus amigos le mirábamos extenuados de asombro, sin comprender a cabalidad la finalidad de aquel insólito ritual. De pronto escuchamos aquel terrorífico horror levantarse desde alguna remota profundidad; era tal el fragor de aquel alarido desconocido, que se repetía hasta en los mínimos intersticios de la caverna, es más, toda aquella formación rocosa de siglos y edades geológicas remotas, pareció estremecerse cual si de un castillo de naipes se tratara. Se trataba de un barritar infernal.

lascivus-criatura

Huelga relatar el consecuente espanto de que todos, Saúl incluido, dimos muestra. Correr y correr, con el terror a las espaldas hasta perder la noción del tiempo mismo. Ya bien atemperados, horas después, a la servicial mesa de un bar, repasando nuestra pasada vivencia; Saúl relatando que ya antes lo había intentado (el provocar a la bestia), sin éxito.

Hoy lo había logrado, y nos habló de aquel misterio de criatura que, según dicen, mora en las profundidades umbrosas, alimentándose de otras criaturas cavernosas y saciando la sed en los ríos subterráneos. Su data evoca tiempos antediluvianos, cuando por consideraciones mefistofélicas de su naturaleza y costumbres, no le fue dado, al decir de la leyenda popular, apacentarse en el arca de Noé. Al igual que sucedió a otras criaturas de su género, ésta encontró su salvación internándose en las profundidades terrestres con los de su especie, para sobrevivir al desastre diluviano.

Pablo, nuestro especialista en zoología y en seres mitológicos y fabulosos, creyó reconocer en esta criatura, al “Lascivus”, que era otro de los nombres que recibe este terrible habitante de las profundidades. El dato, según nos reveló, lo consigna un libro de especies fabulosas, libro decimonónico y con ilustraciones a plumilla de las criaturas que no muestran los breviarios tradicionales de zoología. No obstante, la posibilidad de confirmar este dato, implica la imposibilidad de vencer el terror a una realidad que subyace desconocida y escalofriante.

Un hecho, doloroso y extraordinario vino, empero, a reforzar la hipótesis de Pablo. Se trató de la desaparición en esa misma área, de la naturista Susana Fonseca. Saúl topó con más suerte que las autoridades y los rescatistas, él encontró la clave siniestra y atroz que no todos estarán dispuestos a aceptar.

Mas eso es asunto de una segunda narración…

Visto en Tumba Abierta


6 comentarios

Artículos relacionados:

  1. La misteriosa criatura nocturna



El abrigo

  Archivado en Historias y leyendas, Terror y miedo. Escrito el 23 de Noviembre del 2006 por Andrés.

Regresaba de una fiesta muy animada en el Barrio de Trinidad rumbo a mi casa. Eran como las dos y media de la madrugada, la noche estaba muy oscura ya que una pertinaz tormenta de agua y viento castigaba la Avenida Mariscal López de la ciudad de Asunción. Conducía con cuidado, la energía eléctrica se había cortado y sólo la luz de los faros de mi automóvil y la intensa luz pero fugaz de los relámpagos alumbraban mi camino.

Faltaba una cuadra para llegar al cementerio de la Recoleta, cuando veo una persona al borde de la vereda haciendo señales para que me detenga. No lo hago, disminuyo la velocidad y paso lentamente y observo nítida la figura de una muchacha muy joven con cara de susto implorando ayuda. Mi instinto de humanidad privó, detengo la marcha y pongo marcha atrás, hasta llegar al lugar en donde ella estaba. Se acercó y me imploró si la podía acercar hasta su casa.

Abrí la puerta y se sentó presurosa, gracias, nadie quería parar, me dijo, tal vez por miedo, suele haber asaltos por aquí y no los culpo. Me comentó que hace unos dos años a ella misma le había pasado algo muy feo por la zona y por eso estaba con mucho miedo. Me percaté que la muchacha era muy bonita, lucía un vestido blanco de fiesta que resaltaba su esbelta figura. ¿Qué hacía sola una chica tan bonita en ese sitio?

Como si hubiera leído mi mente, me explicó: salí de una discoteca y acordé en encontrarme ahí mismo con un grupo de amigos que al final no llegaron, la discoteca cerró y me quede sola. Comenzó a llover muy fuerte y bueno aquí estoy. Le pregunté donde quería que la deje. Llevadme hasta mi casa, mi madre debe estar muy preocupada, siempre se preocupa mucho por mí, me doy cuenta que sufre mucho cuando no estoy con ella. Me dio la dirección, no estaba muy lejos de allí, a unas 20 cuadras más o menos.

La lluvia no cesaba, hasta parecía hacerse a cada minuto mas intensa. La muchacha temblaba de frío, instintivamente le tomé la mano y le dije que se tranquilizara que ya estaba todo bien. Sus manos, estaban frías como el mármol. Tomé mi abrigo de cuero de vaca que tenía en el asiento de atrás de mi automóvil. Póntelo, estás muerta de frío, le dije.

- Muchas gracias, de todas maneras ya falta poco para llegar.

Llegamos al lugar.

- Detente, yo vivo en esa casa de en frente ¿la ves? Un poco por cortesía y otro porque esa muchacha me gustaba, le dije “quédate con el abrigo”, que yo al otro día volvería a buscarlo. El pretexto era perfecto para volverla a ver.

Me dijo: “muy bien, mañana lo pasas a buscar. Te espero”.

- Hey, ¿cómo te llamas?

“Mariana”, me respondió sonriendo. Retorné mi camino a casa pensando en esa bella muchacha y en las extrañas circunstancias de haberla conocido.

El domingo había amanecido radiante, desperté a eso de las once de la mañana. Ya a esa hora el día se presentaba caluroso y muy húmedo. Voy a ver a esa muchacha, me dije. De paso la invitaré a almorzar. Me dirigí hacia allá, estacioné mi automóvil. Toqué el timbre. Salió una mujer de aproximadamente cincuenta años, muy parecida a Mariana, seguramente su madre. En realidad esperaba que ella saliera.

- Buenos días joven, ¿qué es lo que desea?

- Bueno, en realidad vengo a rescatar un abrigo que anoche le presté a su hija Mariana, es de cuero marrón oscuro…

- Disculpe se debe haber equivocado de casa, Mariana ya no vive con nosotros.

- Disculpe pero anoche la acompañe hasta aquí y me dijo que aquí vivía.

El rostro de la mujer se puso pálido. Me dijo con lágrimas en los ojos: “mi hijita Mariana falleció hace dos años en un accidente de automóvil. Venía con unos amigos de una fiesta en donde habían bebido demasiado”. No pudo contener las lágrimas mientras me explicaba. Yo insistí, describiendo cómo era la muchacha y el vestido que llevaba puesto.

- Pase por favor.

Abrió un cajón de un mueble de la sala y tomó una llave. Nos dirigimos por una escaleras y nos encontramos con una habitación cuya puerta estaba cerrada. La mujer abrió la puerta.

- Esta habitación permaneció siempre cerrada desde que ella murió. Esa noche estaba muy bonita, llevaba un vestido de fiesta blanco que yo misma se lo había hecho. Se dirigió hacia el placard y lo abrió.

Se me doblaron las rodillas, pude ver con espanto mi abrigo colgado, junto con su aún mojado vestido blanco.

abrigo

Por Alfred King


Pincha aquí para comentar

Artículos relacionados:

  1. El hombre del saco

  2. Esto no puede ser real

  3. ¡Vivan las estrecheces!



El hombre del saco

  Archivado en Terror y miedo. Escrito el 17 de Noviembre del 2006 por Andrés.

Por Héctor Espadas.

Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos.

- Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.
- Sí…- Dije felizmente sin ocurrírseme nada que decir.
- Bueno, te dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.- dijo acariciándose la pequeña calva que le estaba saliendo. Cada vez que mi padre me daba un consejo, se me quedaba grabado en la cabeza.

Se despidió con un beso en la frente y cerró la puerta. Era extraño pero cada vez que la puerta estaba cerrada, sobre todo de noche, no parecía mi habitación. Era como si me encontrase de repente en un sitio aislado de toda la casa, lejos de todo el mundo. La lámpara de cera que me habían regalado por mi cumpleaños contribuía a ello, pues proyectaba extrañas sombras con movimiento dentro de una luz verdosa que empapaba todo el cuarto. En mi despertador de las Tortugas Ninja, el segundero sonaba con violencia aunque normalmente no me percataba de su existencia. A lo lejos oía la voz de mis padres y una suave melodía, aquella noche no parecían querer ver la tele.

Tumbado boca arriba en la cama, pegué un poco la barbilla a mi pecho y miré la ventana. Desde aquel sexto piso (y desde mi cama), lo único que veía era la luna suspendida en el aire, incompleta, sin fuerzas para dar luz. Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta en la pared del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos.

Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no oyera nada, pues empezaba a sentir pánico y aunque luego de día no recordaba nada, algo me hacía pensar que si esa noche volvía a tener pesadillas lo recordaría para siempre.

Pasó mucho tiempo sin que pasara nada. De vez en cuando oía alguna risa de mamá, como si papá le contara cosas graciosas y la música seguía sonando, aunque canciones distintas. El sudor frío se hizo presente en mi nuca y espalda cuando empezaron los ruidos. Eran ruidos extraños, como muelles oxidados y alguien dando pasos dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir…

- ¡Papaaaaaaaaaaá!- Grité con todas mis fuerzas.

Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de llamar a mi padre los aterrase. En unos instantes estaba en mi cuarto y con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.

- Pero tranquilo, el hombre del saco no existe- dijo disimulando una sonrisa.
- Sí, si que existe. ¡Yo lo oigo!- Le expliqué. No me gustaba que pensase que eran “cosas de niños”.

Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: “Bueno, pues si existe, yo lo cazaré”. Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta. Luego salió y me miró.

- Bueno, hasta mañana. Recuerda que los monstruos no existen- dijo en voz alta. Luego volvió a entrar en mi cuarto sin hacer ruido y cerró la puerta. Se sentó en la esquina de la pared de la puerta y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Todo parecía un juego para él.

La lámpara de cera volvió a hacer de las suyas. Esta vez ya no se oía la música y por supuesto tampoco hablaban papá y mamá. Todo era un escandaloso silencio, a excepción de mi despertador que no hacía más que acelerar mi pulso. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac…

La luna aparecía y desaparecía tras mis párpados y éstos parecían más pesados cada vez. Pero cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre.

Papá no me miró pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funciona. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero. La luz de la lámpara de cera no parecía entrar en el trastero y la oscuridad era más recalcada en él. Al abrir la puerta, los ruidos se agigantaron un poco y yo comencé a estremecerme en la cama.

- ¿Papá…?

Papá se giró y puso de nuevo el índice delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después, la cabeza de mi padre, desprendida del cuerpo, chocaba contra la lámpara de cera, haciéndola añicos y todo se envolvió en oscuridad.

Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. En la penumbra empecé a escuchar un goteo y pensé que era de sangre. Algo salió del armario y al andar hacía aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero y resonaban con estrépito en mi cabeza. Avanzó hasta donde yo miraba, cogió la cabeza de mi padre y la metió en un saco que arrastraba y donde parecía llevar otras cabezas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de sí.

En breves instantes mi madre entraría en mi cuarto para ver si todo iba bien y encendería la luz. No tenía ni idea de cómo explicarle lo que había sucedido.

saco-hombre


Pincha aquí para comentar

Artículos relacionados:

  1. Adiós papá

  2. Adivina la pregunta 118: Lógica y matemáticas – ¿Dónde se encuentra el padre?

  3. Me pareció ver un lindo Papá Noel