El fantasma de la Consellería

La noticia de la aparición de un “fantasma” en los pasillos de la Consellería de Sanidad y trabajo de Valencia, salto por vez primera a los titulares de la prensa valenciana el 16 de marzo de 1990, otra referencia apareció en el mismo diario el 22 del corriente, más tarde otro periódico levantino se hizo eco de la noticia el 26 de marzo para terminar nuevamente en otra reseña el domingo 1 de abril de 1990, desmintiendo el suceso.

La noticia provocó entre la población valenciana actitudes completamente diferentes, entre el asombro y el escarnio, como es comprensible en estos casos, pero agravado por el hecho de que todo lo aparecido en los periódicos partía de un bulo, intencionado o no, que tergiversó el auténtico suceso, hasta el punto que la prestigiosa revista española especializada en estas temáticas, Año Cero, confiando en el buen hacer de los periodistas de estos diarios, recogiera y publicara la noticia de este maltrecho asunto, quedando así, para la posteridad.

Los hechos aparecieron de esta forma en el periódico Las Provincias el 16 de marzo: “En los despachos y pasillos de las consellerías de Trabajo y Sanidad,… antigua Clínica de maternidad La Cigüeña una mujer joven sube escaleras y atraviesa salas vacías buscando a un niño que llora.

Una mujer alta, embarazada y vestida con un camisón rosa adornado con lazos en ambos hombros, deambula durante la noche intentando encontrar, desde hace tanto tiempo ya, a un niño que llora en no se sabe dónde. El recorrido de la madre incorpórea finaliza antes de que despunte el alba en una inexistente sala de incubadoras…”

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Todavía hoy no se sabe de donde sacaron esta fantástica historia. El jueves, 22 de marzo apareció lo que formaría el gran galimatías final, donde incluso se le inventa un pasado a la “incorpórea” (e inexistente) mujer:

“La Consellería… Está estos días absolutamente revolucionada con el fantasma de la mujer vestida con un camisón rosa que vaga por las noches en busca de su hijo. Según nos han contado en toda la historia de La Cigüeña como Clínica de Maternidad, únicamente murieron dos mujeres y de esas dos tan sólo una llegó a dar a luz al niño.

Al parecer, madre e hijo murieron con pocas horas de diferencia. La mujer era joven y aquel era su primer hijo en el que había puesto toda la ilusión del mundo. Era la esposa de un médico, se llamaba Lourdes y nada hacía sospechar que el parto se complicaría y ambos morirían…”

El periódico Hoja del Lunes desmintió todo el asunto con comentarios poco acertados el 26 de marzo, y que colocaron como titular “el fantasma de la Consellería, fruto de la imaginación de un guarda jurado que escribe novelas de terror”. En su contenido, el periódico no andaba desencaminado cuando desmentía la historia de Lourdes pero si al referirse al protagonista real de esta historia, José Antonio C. como un visionario poco menos que mentiroso e irresponsable.

José Antonio C. al que yo conocía desde hacía ya tiempo, es persona completamente normal, poco dada a fabular inventándose historias de este tipo y mucho menos escribir novelas de terror. Cuando todo esto paso, él fue el primero en querer ocultarlo y evitar que este asunto trascendiera.

Mi relación con este tema vino de su mano. Por entonces él formaba parte del personal de la agencia de seguridad Protecsa, y estaba al cuidado de la Consellería en el horario nocturno. La noche del 12 de marzo, antes de que los mencionados periódicos supieran nada sobre las manifestaciones de la Consellería, recibí sobre la una de la madrugada, la llamada telefónica de José Antonio C. En su voz se apreciaba claramente la alarma de lo que le estaba pasando. Procuré tranquilizarle lo mejor que pude y le pedí que me contara lo que ocurría.

De forma precipitada me relato que hacía ya unas noches venía sintiendo unas extrañas “presencias” en los pasillos del edificio oficial, que le tenían completamente aterrorizado, y que hacía tan sólo unos momentos había logrado ver lo que tanto miedo le infundía, lo que le hizo tomar la determinación de llamarme, le dije que me pasaría por allí al día siguiente.

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Tal como le prometí me presente en la puerta de la Consellería sobre las ocho de la noche, antes de que comenzara nuevamente su turno. Esta vez le rogué me expusiera más pausadamente su experiencia. Contó que hacía sólo una semana que su agencia le había encargado la vigilancia nocturna del edificio, aunque él era ya un experimentado guarda.

Entre otras cosas, su función consistía en ir cerrando las ventanas de los despachos y comprobar que ningún funcionario se hubiera dejado alguna luz encendida antes de abandonar el recinto. Tenía la costumbre de hacer la ronda a oscuras tan sólo alumbrándose con una linterna pues, según él, así se veía mejor si algún ordenador, fax o fotocopiadora había quedado conectado e inmediatamente ocuparse en apagarlos.

Fue entonces cuando, paseando por la tercera planta (de las cuatro que hay en total) y aún a oscuras, sintió, como si algo se le echase encima, según sus palabras “una especie de sensación, una fuerza o algo así, pero sólido.” Parece que aquella “sensación” no se conformó con pasar a través de él una sola vez, y se repitió al menos dos veces más.

Asustado por la experiencia, decidió bajar inmediatamente donde hubiera luz, a la última planta, e intentó tranquilizarse buscando una explicación que justificara su extraña vivencia. En el momento en que estaba absorto en estos pensamientos, oyó como el ascensor, que se hallaba en un piso superior, se ponía en marcha y paraba, para el asombro de José Antonio C., en la sala de recepción, donde él se hallaba, abriéndose la puerta y no encontrándose nadie en su interior (recordemos que para entonces, no quedaba nadie en el edificio, excepto José Antonio C.), entonces decidió salir fuera y quedarse en la puerta hasta que amaneciera y se le relevara de su turno, eso sí, sin abandonar su puesto.

La noche siguiente no fue mucho mejor, sacando fuerzas de cualquier parte, volvió a enfrentarse a su situación. Sucedieron entonces otros pequeños episodios. Procuró hacer la ronda, en esta ocasión con todas las luces encendidas y antes de que el jefe de mantenimiento y los de limpieza se marcharan.

Cuando terminó y todo el personal se hubo ido, empezó a oír una especie de golpes que provenían de lo que supuso era la tercera o cuarta planta. Según cuenta, los golpes eran fuertes y como intencionados, parecían reclamar su atención, pero con el miedo y en vistas de que debía permanecer allí hasta el amanecer, decidió sumergirse en la lectura de un libro y procurar olvidarse del asunto, no sin echar de vez en cuando, tímidos vistazos hacia el ascensor.

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La noche que decidió llamarme tuvo la experiencia más aterradora de todas las que había pasado en la Consellería. Cuando todos se marcharon, él, como en noches precedentes, ya había realizado su ronda, cuando nuevamente se volvieron a producir los ya conocidos golpes pero esta vez acompañados de lo que parecían ser “llantos de niño” .

Esta vez su miedo ya fue considerable, pero no tanto como cuando vio deslizarse por las escaleras, momentos después, lo que parecía una sombra cuasi antropomorfa que se dirigía hacia él, tenía el aspecto de una nube muy concentrada y según me refirió “era una cosa inteligente”. Decidió entonces salir nuevamente a la calle y no volvió a entrar más que para llamarme.

Después de contarme su historia me dijo que sería interesante que yo hablara con el jefe de mantenimiento, pues cuando llegó por la mañana y vio el aspecto desencajado de José Antonio C. no pudo por menos que preguntarle que le ocurría, éste se lo contó y Paco, que así se llamaba su compañero de mantenimiento aseguro a José Antonio que no era el único en padecer aquel fenómeno, él mismo había tenido algún encuentro con esta “entidad” y también un Conseller.

Paco me recibió con algún recato, pero pronto tomó confianza y me relató su experiencia. Una noche decidió quedarse después de su hora habitual a terminar una pequeña maqueta de avión en la que estaba trabajando, había optado por hacerla aquí pues en su casa los niños y los deberes domésticos se lo impedían, ya que además después de que todos los trabajadores se marchan del edificio, este queda en absoluto silencio y era el clima idóneo para su entretenimiento.

En ese instante comenzó a oír como si alguien en el piso inmediatamente superior caminara con lo que parecían ser unos zapatos de tacón, sorprendido por aquello decidió subir, sólo para comprobar que nadie se encontraba allí, cuando regreso a su mesa y a su maqueta vio que sus instrumentos de montaje estaban en el lado opuesto de donde él solía ponerlos, me aseguro que era muy meticuloso y sabía perfectamente que alguien había movido los instrumentos.

Nunca más, me confío, volvió a quedarse en aquel lugar después de hacer su trabajo habitual. Me dijo que un Conseller le había asegurado que también llegó a oír aquellos pasos y que alguno de sus colegas y empleados sintieron y vieron alguna cosa, siempre, eso sí, caída la noche.

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El testimonio de Paco me pareció del todo real, no bromeaba en lo más mínimo, y me aseguró que a él tampoco le habían engañado sus superiores inmediatos. Entonces fue cuando se me propuso pasar esa noche en la Consellería y comprobar por mi mismo si realmente ocurría algo allí, y como es obvio, acepte.

A las diez todas las dependencias estaban ya vacías, aquella noche todos se fueron más tarde porque se estaba debatiendo el futuro de la empresa peletera Imepiel. Cuando José Antonio C. inició su ronda habitual, yo le acompañé sugiriéndole que lo hiciéramos como la noche en que tuvo su “encuentro”, es decir, en total oscuridad, y guiados por el haz de la linterna.

Nos encontrábamos ya en el largo pasillo de la tercera planta, a cuyos lados se hallaban los despachos, sin que nos ocurriera ningún incidente. Pese a la oscuridad reinante, pude ver en la expresión de mi guía un claro temor hacia lo podría pasar. En todo nuestro recorrido no hablo nada, esperando, quizás, poder escuchar nuevamente aquellos llantos de las ocasiones anteriores.

Entramos seguidamente en uno de los despachos, y José Antonio C., que para entonces ya comenzaba a tranquilizarse, inspeccionó la zona buscando algún aparato encendido, en ese instante y para sorpresa, tanto del vigilante jurado como mía, un póster de la exuberante cantante Marta Sánchez, que los funcionarios tenían colocado con cuatro chinchetas en la pared inmediatamente detrás de mi, cayó sobre mi cabeza.

El hecho fue sumamente extraño pues, de haberse tratado, como quisimos creer, de una corriente de aire, no se hubiese caído con todas las chinchetas que lo sujetaban (cuatro en total), era más bien, como si “algo” hubiese arrancado los enganches exprofeso. El asunto comenzaba a ser prometedor, aunque comprendí el miedo de mi compañero, yo me marcharía de allí al día siguiente mientras que él debía quedarse.

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Tras aquello, entramos en otro despacho, y sin motivo aparente, uno de los ventiladores generales, de los que se hallan empotrados en el techo, se puso a funcionar, en aquel instante no le dimos mayor importancia pues supusimos que eran de los que se ponían en marcha automáticamente cada ciertos intervalos de tiempo, pero más tarde nos enteramos que debían ser conectados desde calderas y que se conectaban todos a la vez (sólo se encendió donde estábamos), y como es evidente, allí no había nadie.

Horas más tarde y después de hacer un minucioso rastreo por todas partes, oí lo que mi amigo había sentido durante los últimos días, unos llantos que se me antojaron como producidos por un niño de corta edad, el sonido era claro pero lejano, por lo que decidí subir, siempre a oscuras, a la planta de donde creí provenía aquella voz.

Aquí ocurrió algo interesante, cuando creía que ese lloró lastimero estaba localizado en tal o cual planta, inmediatamente estos descendían o ascendían de lugar, dependiendo de donde yo estuviese, aunque era evidente que aquello estaba en el mismo edificio, parecía, eso he sospechado siempre, como si el llanto jugara conmigo a lo que se podría llamar un “escondite”. Cuando estos cesaron decidimos bajar a recepción, donde teníamos conectadas las luces y descansar un poco (afortunadamente logramos registrar aquella llantina en una cinta magnetofónica).

Seguir describiendo los acontecimientos de aquella noche, nos llevaría a un relato mucho más amplio del espacio del que disponemos, valga como referencia que durante todas aquellas horas que pasé en la Consellería, muchos otros episodios sucedieron, alarmas que se disparaban solas y volvían a apagarse sin ningún motivo o bien teléfonos que sonaban constantemente a horas tan intempestivas y a las que nadie contestaba, cambios bruscos de temperatura, etc.

Lo cierto es que nunca logré ver lo que tan ansiosamente deseaba, la sombra que aterró a mi compañero José Antonio C., pero lo que viví aquella noche fue suficiente para demostrar la veracidad de la historia de aquel “guarda jurado que escribe novelas de terror” y a comprender que en el enorme edificio de la Consellería de Sanidad y Trabajo, ocurrió algo que se sale de cualquier acontecimiento a lo que estamos acostumbrados, exista o no, un ente ajeno a nuestra realidad cotidiana.

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A modo de epílogo, es interesante señalar que José Antonio C. se despidió a los pocos días de nuestro encuentro, aunque la empresa de seguridad Protecsa, en la cual trabajaba y después de oír el motivo de la marcha, intentó evitarlo, reconociendo además, que no era él el único vigilante que había pasado por sucesos paranormales en la Consellería, otros antes que él, llegaron a escuchar ese lamento infantil y a ver la “sombra”, aunque públicamente Protecsa negó los hechos, como es obvio.

Más tarde, supimos que varias religiosas a cargo de la antigua Clínica de Maternidad La Cigüeña y que hoy era la Consellería, vieron también la sombra errante y a oír el llanto, aunque el periódico Hoja del Lunes dijo que estos eran producto del laboratorio en el edificio colindante en el cual habían ratas y conejos, motivo más que improbable.

De la Consellería de Valencia únicamente sabemos que realmente existieron episodios paranormales, aunque aun desconozcamos su procedencia. El sexo, el vestuario, el nombre de la aparición, etc., fueron todas inventadas por los sensacionalistas que quisieron ver en ello una historia romántica. El suceso nunca fue lanzado por el guarda José Antonio C. quién, como ya hemos anotado, procuró reservar su historia, como todos los que le precedieron, de manos de la prensa. Todo salió a la luz, así como el bulo, por uno de sus compañeros de profesión.

Hoy el asunto de la Consellería está ya olvidado, pero sería importante que no pasara como una mera anécdota. Alguien debería preocuparse de ello, pues recientes noticias llegadas a mí, hablan de la Consellería como de un lugar en el que siguen ocurriendo cosas de difícil clasificación.

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