Juno o Hera

Juno (Hera para los griegos), hermana y esposa de Júpiter, era la reina de los dioses, la señora del cielo y la tierra y la protectora de los reinos y los imperios. Su presencia no faltaba jamás en los nacimientos y los desposorios, otorgando especial protección a las esposas virtuosas. Cuando presidía el nacimiento de los niños, tomaba el nombre de Lucina, Juno-Lucina o Ilitía.

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Su carácter era imperativo, malhumorado, vengativo y terco en su querer. Espiaba siempre a Júpiter, hasta en sus actos más insignificantes, y los gritos que los celos le hacían proferir, estremecían el Empíreo.

Júpiter, por otra parte, era un esposo rudo y voluble y muy frecuentemente empleaba medios violentos para acallar los gemidos de su esposa, llegando en su bárbaro proceder a atarle a cada pie un pesado yunque, maniatarla con una cadena de oro y colgarla de esta manera de la bóveda celeste.

Los dioses no pudieron librarla de sus ataduras y fue preciso recurrir a Vulcano que las había forjado. Tales tratos no hicieron sino aumentar los resentimientos de Juno, que no cesó un momento de perseguir a las favoritas y amantes de Júpiter. En la infortunada Io fue en quien principalmente se cebaron sus enojos.

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Juno descubre a Júpiter junto a Io

Esta ninfa, hija de Inaco, que era un río de la Argólida, se veía un día perseguida por Júpiter, el cual para impedir que se le escapara, hizo bajar sobre los campos una espesa neblina en la que lo quedó envuelta por completo.

Extrañada Juno ante este fenómeno, descendió a la tierra, disipó una nube y descubrió a la ninfa que acababa de ser transformada en vaca. Pero como conservaba aún bajo la nueva forma sus gracias y encantos, Juno, fingiendo que le placía en extremo, pidió a Júpiter con tan vivas instancias que le fuera concedida, que el dios no se atrevió a negarse a tal petición.

Dueña ya Juno de su rival, confió su custodia a un guardián que tenía cien ojos, de los cuales cincuenta estaban en vela mientras los otros se entregaban al sueño. Argos Panoptes, que así se llamaba, no la perdía un instante de vista durante el día, y por la noche la tenía fuertemente atada a una columna.

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Júpiter disponía solamente de un medio para librar a Io de aquel incómodo satélite, y a este efecto llamó a Mercurio y le ordenó que le diera muerte.

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Juno sorprende a Júpiter junto a Io

Mercurio se presentó ante Argos cuando la noche descendía sobre la tierra, y le refirió interesantísimas historias, enlazando una narración con otra y logró, por fin, sumirlo en profundo sueño, pudiendo entonces cortarle la cabeza.

Cuando Juno se vio privada de Argos, descargó su cólera sobre la hermosa vaca que era del todo ajena al crimen: la diosa suscitó contra el animal un tábano que la picaba continuamente y le producía transportes convulsivos.

Hostigada y ensangrentada, la desgraciada Io recorrió en su desesperada fuga Grecia, el Asia Menor y atravesó a nado el mar Mediterráneo llegando hasta Egipto y las márgenes del Nilo. Agotada por el cansancio y el sufrimiento, se dirigió a Júpiter suplicándole con vivas ansias que la restituyera a su forma primitiva, dando entonces a luz a un hijo llamado Epafo.

Juno, que siempre echaba de menos a su fiel espía al que Mercurio dio muerte, tomó sus cien ojos y los diseminó sobre la cola del pavo, perpetuando de esta manera su recuerdo.

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Llena de orgullo y celos, Juno no pudo perdonar jamás al joven troyano Paris, hijo de Príamo, que no le hubiese adjudicado la manzana de oro y se hizo, por ende, irreconciliable enemiga de la nación troyana. Los griegos, al contrario, vinieron a ser objeto constante de sus favores y de su protección.

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Júpiter y Juno

Las Prétides, hijas de Preto, se sintieron orgullosas de su belleza sin par, atreviéndose a compararse a Juno, que castigó su orgullo tornándolas insensatas y maniáticas. Su locura consistía en creerse convertidas en vacas, lanzar en todo momento los mugidos propios de estos animales y esconderse en los más intrincado de las selvas para evitar ser uncidas al arado.

Melampo, adivino y experto médico, se prestó a curarlas si su padre se avenía a aceptarle por yerno y asignarle el tercio de su reino. Preto accedió fácilmente a tales condiciones y Melampo, después de realizar con éxito su cometido, se desposó con la más hermosa de las tres hermanas.

El culto a Juno era universal y sus fiestas se desplegaban en medio de la mayor solemnidad. En Argos, Samos y Cartago era donde la diosa recibía especial culto y veneración.

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Algunos escultores la han representado sentada en un trono, ostentando sobre su frente una diadema y en su mano un cetro de oro. A sus pies aparecen uno o varios pavos. Algunas veces se ven también dos pavos arrastrando su carro y tras ella, Iris despliega los variados colores del arco iris.

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Iris

Iris, hija de Juno y mensajera de los dioses, transmitía sus mandatos a los diversos lugares de la tierra, a los mares y hasta a los infiernos, ejerciendo entre tanto, los oficios más penosos: asistía a las mujeres agonizantes y cortaba el hilo que mantenía unidas sus almas al cuerpo, cumpliendo de esta manera y en nombre de Juno, tan piadosa misión.

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Boda de Júpiter y Juno
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