Vulcano, el planeta que nunca existió en realidad

Un enigmático punto de luz que Galileo vio en 1612 se convirtió, 233 años después, en el octavo planeta del Sistema Solar. Neptuno pasó desapercibido para el ilustre científico italiano que encontró en el telescopio la mejor herramienta de la astronomía, porque la debilidad de su brillo hizo que pareciera una estrella como otra cualquiera. Aunque notó un cambio de posición al cabo de varias noches, Galileo no le dio ninguna importancia y continuó absorto en sus observaciones de Júpiter y Saturno.

Posiblemente, si Galileo hubiese sido un genio de la ciencia, como Kepler, Newton o Einstein, el descubrimiento de Neptuno sería un acontecimiento histórico del siglo XVII y no del XIX, pero él no pensó en la posibilidad de que fuera un nuevo planeta y se limitó a aplicar la lógica dirigiendo su espartano telescopio de lentes hacia los planetas que ya eran conocidos en su época.

neptuno
Neptuno

El descubrimiento de los mundos ocultos a la vista quedó encomendado a otros mientras Galileo revelaba a la humanidad, gracias a la ayuda de su telescopio, los aspectos inéditos de los planetas que científicos y profanos llevaban siglos estudiando sólo con sus propios ojos; y es que Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno se diferencian de Urano y Neptuno en que pueden observarse claramente a simple vista, mientras que los dos últimos requieren instrumentos ópticos.

El asalto a los planetas perdidos del Sistema Solar continúa en la actualidad, pero la primera gran victoria la consiguió William Herschel con el descubrimiento de Urano el día 13 de marzo de 1781. Aunque este planeta, el séptimo en orden de distancia al Sol, tiene una magnitud de 5,5 y está, por tanto, al alcance de nuestros ojos, su escaso brillo en comparación con el de los seis primeros planetas demoró su hallazgo hasta el siglo XVIII.

El propio Herschel, uno de los mejores observadores de la historia de la astronomía —mérito que comparte con su hermana Caroline—, lo descubrió a través de su telescopio y no a simple vista, lo que prueba la dificultad de su localización.

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Urano

Después de que en 1781 Herschel descubriera Urano, la astronomía quedó inmersa en una fiebre que la empujó a buscar nuevos planetas, pero los dos siglos transcurridos desde entonces sólo aportaron a la lista dos nuevos nombres: Neptuno, descubierto en 1846 por Johann Galle gracias a los cálculos de Urbain Jean Joseph Le Verrier, y Plutón, encontrado por Clyde Tombaugh en 1930.

Durante los 86 años posteriores a su descubrimiento la ciencia consideró que Plutón era un planeta, pero en 2006 dejó de serlo oficialmente merced a su clasificación como planeta enano. La hipótesis del planeta X, que podría existir más allá de Plutón, es tema del capítulo XI y demuestra el interés de los astrónomos por explorar las regiones lejanas del Sistema Solar, ya que históricamente la búsqueda siempre se ha dirigido más allá de las órbitas de los planetas que se iban descubriendo de forma paulatina.

Pero hay una excepción junto al Sol, un mundo que la humanidad creyó haber encontrado en una infernal órbita más cercana a nuestra estrella madre que la del propio Mercurio, y la convicción sobre su existencia acabó otorgándole un nombre: Vulcano. Durante varias décadas, a finales del siglo XIX, mucho antes de que se descubriese Plutón, fue el noveno planeta del Sistema Solar. El noveno en el orden cronológico de los descubrimientos, pero el primero de la lista por su proximidad al Sol.

vulcano planeta

Duró poco: Vulcano forjó una hipnosis colectiva que llevó a numerosos astrónomos a observarlo en las inmediaciones del Sol, pero luego desapareció del cielo y la ciencia lo desterró de su memoria. El enigma por descifrar es si los astrónomos del siglo XIX observaron Vulcano cierta o supuestamente. Un hermoso atributo de la astronomía es que, a diferencia de otras ciencias, es capaz de crear leyendas, y en Vulcano encontramos una de las más sugestivas escrita gracias a los telescopios.

Muy pocos investigadores creen actualmente que exista algún planeta entre el Sol y la órbita de Mercurio, pero Vulcano fue, en muchos aspectos, la consecuencia ulterior de uno de los episodios más bellos de la historia de la astronomía: el descubrimiento de Neptuno.

Transcurridos más de dos siglos desde que Galileo anotara en sus observaciones el puntito luminoso cuya naturaleza no supo identificar, los astrónomos europeos buscaban con denuedo un octavo planeta. La órbita de Urano, el séptimo, descubierto por Herschel en 1781, mostraba vaivenes que sugerían el efecto gravitatorio de otro planeta más lejano.

Urbain Jean Joseph Le Verrier en Francia y John Couch Adams en Inglaterra protagonizaron independientemente, en 1845, uno de los capítulos más conmovedores de la astronomía predictiva, ya que coincidieron en sus cálculos sobre la posición del nuevo planeta, que fue localizado un año después por el alemán Johann Galle en el Observatorio de Berlín.

Urbain Jean Joseph Le Verrier
Urbain Jean Joseph Le Verrier

El descubrimiento de Neptuno supuso para Le Verrier un gran triunfo, pero para Adams fue la mayor odisea de su vida. Ambos hicieron los mismos cálculos por separado, pero el astrónomo inglés fue despreciado por el Observatorio Real de Greenwich, donde no le hicieron el menor caso tras recibir su informe sobre la posición del nuevo planeta.

Aunque a Le Verrier le ocurrió algo parecido en Francia, donde nadie se mostraba dispuesto a buscar un nuevo mundo con los telescopios, finalmente envió su informe al Observatorio de Berlín, donde Johann Galle avistó el planeta el 23 de septiembre de 1846, tan sólo un día después de recibir los datos de su posición.

Los laureles fueron, de esta forma, para el francés Le Verrier, pero tras conocerse lo ocurrido en Inglaterra, se hizo partícipe del logro a John Couch Adams y en la actualidad se considera a ambos como los autores de las investigaciones que condujeron al descubrimiento de Neptuno.

John Couch Adams
John Couch Adams

El mismo año en que predijo la existencia de Neptuno, Le Verrier también pronosticó que había otro planeta muy próximo al Sol. De la misma forma que calculó la posición de Neptuno a raíz de las alteraciones gravitatorias sobre Urano, el astrónomo francés fundamentaba su creencia en un planeta junto al Sol en las anomalías observadas en la órbita de Mercurio, cuyo perihelio —su posición más próxima al Sol— se desplazaba unos 43 segundos de arco cada siglo.

De 1845 a 1877, el año de su muerte, Le Verrier dedicó su vida a la búsqueda del misterioso planeta intramercuriano, al que en 1876 decidió bautizar con el nombre de Vulcano. Aunque en los primeros años sus estudios estaban basados únicamente en las alteraciones detectadas en Mercurio, en 1859 recibió una notificación de un observador, el doctor Edmond Lescarbault, que le aseguraba haber visto un planeta en tránsito por el Sol, es decir, su sombra circular pasando a través del luminoso disco solar.

El informe de Lescarbault actuó como un resorte sobre Le Verrier, que movilizó a numerosos astrónomos para la búsqueda del planeta intramercuriano. Sus cálculos daban a entender que se trataba de un planeta muy pequeño, con una masa inferior a la quinceava parte de la de Mercurio y con una distancia media al Sol de apenas 21 millones de kilómetros.

Edmond Lescarbault observatorio
Observatorio de Edmond Lescarbault.

Sin embargo, como ocurre con Mercurio, los estudios se vieron extraordinariamente entorpecidos por la presencia del Sol en la zona del cielo que se observaba. No es ninguna casualidad que Mercurio fuera hasta 1974 el planeta del que los astrónomos tenían menos información acerca de su naturaleza, puesto que su observación telescópica es poco menos que imposible a causa de su proximidad al Sol, que impide analizarlo por la noche y limita el tiempo para estudiarlo a poco más de una hora antes del amanecer o después del ocaso.

Marte, Júpiter y Saturno se han prestado en la historia a un detallado estudio al ser observables en buenas condiciones durante la mayor parte de la noche, pero el resplandor del Sol mantuvo a Mercurio oculto a la ciencia hasta que la nave espacial Mariner 10 se aproximó a él en 1974 y envió las primeras fotografías, que mostraron una superficie muy parecida a la de la Luna y la práctica ausencia de atmósfera.

Le Verrier y los demás astrónomos tuvieron el mismo problema con Vulcano en el siglo XIX. Los telescopios no podían atisbar nada en las inmediaciones del Sol, donde se suponía que estaba el planeta, debido al intenso resplandor. Por esta razón, tras efectuar los oportunos cálculos, Le Verrier confió en poder detectarlo en el transcurso de algunos eclipses de Sol, en los que la Luna tapa por completo el disco solar y la oscuridad envuelve el cielo como si fuera de noche.

vulcano sol

Precisamente, la observación de Lescarbault se produjo poco antes del eclipse de Sol que tuvo lugar en 1860, por lo que Le Verrier aprovechó la circunstancia y emplazó a una multitud de astrónomos y observadores a que buscaran el planeta durante el fenómeno. La expectación fue máxima y, tras la fama adquirida por el científico francés después de predecir la posición exacta de Neptuno, casi todo el mundo dio por hecho que el nuevo planeta aparecería en el cielo durante la oscuridad del eclipse. Pero Vulcano no estaba allí y nadie pudo encontrarlo.

Pese a la decepción, Le Verrier mantuvo su convicción y años después trató de afinar los cálculos acerca de la posición del misterioso astro, para lo cual se sirvió de diversas observaciones similares a las de Lescarbault, efectuadas en los años 1802, 1819, 1839, 1849, 1850 y 1861 y que apuntaban, en todos los casos, a su existencia.

Con todos los datos sobre su tamaño y la trayectoria orbital hipotética, Le Verrier hizo un nuevo vaticinio: Vulcano pasaría en tránsito por delante del Sol el día 22 de marzo de 1877, poco después del equinoccio de primavera. Esta vez, la predicción no sólo contagió a los astrónomos franceses, sino también a la mayoría de los observatorios del mundo entero, que prepararon concienzudamente sus instrumentos de observación para la fecha señalada. Llegó el nuevo día y Vulcano tampoco acudió a la cita.

vulcano

Le Verrier falleció ese mismo año, rico en acontecimientos astronómicos, entre ellos el anuncio por parte de Giovanni Virginio Schiaparelli de los canales de Marte y el descubrimiento de las dos lunas de este planeta, Fobos y Deimos, que fue obra del norteamericano Asaph Hall.

Aunque todavía se produjeron algunos nuevos testimonios de supuestas observaciones, tras la muerte de Le Verrier la ciencia sumió a Vulcano en el olvido. A lo largo del siglo XX las referencias sobre posibles observaciones han sido muy escasas, pero en 1915 surgió de forma inesperada una posible explicación racional a la leyenda de Vulcano.

Ese año, Albert Einstein presentó la Teoría de la Relatividad, que explica que los campos gravitacionales curvan el espacio y, por tanto, el desplazamiento observado en la órbita de Mercurio podría deberse a su proximidad al Sol.

Todos los cálculos realizados por Le Verrier en el siglo XIX estaban basados, lógicamente, en las leyes de Isaac Newton, por lo que las observaciones de la órbita de Mercurio no encajaban con los cálculos teóricos sobre sus movimientos. Esto indujo a sospechar que había un planeta perturbador cerca del Sol.

vulcano planeta sistema solar

Como es evidente, ni Le Verrier ni los demás astrónomos de su época conocían nada acerca de la curvatura del espacio como consecuencia de la gravedad, ya que este fenómeno no había sido descrito por Newton y hubo que esperar a la Teoría General de la Relatividad de Einstein para que se descubriera.

Aunque el anuncio de Einstein sobre la curvatura del espacio causó un notable escepticismo, el eclipse total de Sol que se produjo cuatro años más tarde, en mayo de 1919, le consagró como uno de los mayores genios de la ciencia. El eclipse se convirtió en una prueba de fuego para su teoría, ya que era una oportunidad de oro para comprobar si, como él aseguraba, la luz se curvaba a causa de un intenso efecto gravitatorio, en este caso del Sol.

El principal aval para Einstein le llegó de la mano de Arthur Eddington, un prestigioso astrónomo británico cuyas contribuciones al conocimiento de la evolución estelar han sido fundamentales, y que se prestó a encabezar una de las expediciones científicas para observar el crucial eclipse.

Tal como vaticinaba la Teoría de la Relatividad, se curvó la luz de las estrellas que se hicieron visibles durante la totalidad del eclipse en las inmediaciones del Sol. Los astrónomos británicos comprobaron cómo el desplazamiento de diversas estrellas de la constelación de Tauro no coincidía con el calculado, lo que supuso una prueba de la curvatura espacial que predijo Einstein.

La confirmación de la Teoría de la Relatividad fue rápidamente aplicada al caso de Vulcano para explicar el desplazamiento del perihelio de Mercurio a causa de la gravedad del Sol. Antes de las predicciones de Einstein sobre la curvatura del espacio a causa de la gravedad, el astrónomo norteamericano de origen canadiense Simon Newcomb, director del Observatorio Naval de Washington, aportó nuevos cálculos sobre el influjo gravitatorio de los planetas del Sistema Solar que admitían el desplazamiento orbital de Mercurio, ya que sus datos mejoraban notablemente los conocidos en la época.

vulcano star trek
Vulcano, el planeta del Capitán Spock que aparece en la serie de ciencia ficción «Star Trek».

Las ecuaciones de Newcomb y la Teoría de la Relatividad de Einstein se usaron de forma conjunta para explicar las alteraciones en el perihelio de Mercurio, y desde 1919 la mayoría de los astrónomos considera que Vulcano no existe, aunque lo cierto es que su búsqueda no ha tenido continuidad. Además de las dos explicaciones aportadas por Newcomb y Einstein, las dificultades que entraña la localización de un posible planeta intramercuriano son notables por su proximidad al Sol, que impide las observaciones nocturnas.

No existen dudas, por otra parte, sobre la credibilidad de algunas de las observaciones del siglo XIX en las que se basó Le Verrier para anunciar la existencia de Vulcano, incluida la de Edmond Lescarbault, quien pese a ser un astrónomo aficionado era respetado en los ámbitos científicos.

¿Qué vieron, pues, Lescarbault y los demás observadores del siglo XIX? La respuesta apunta hacia asteroides que se aproximaron al Sol y que pudieron haber sido observados en el momento en que pasaban por delante del astro rey.

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Los testimonios de las observaciones concuerdan con esa posibilidad, y en este punto cabe recordar que el propio Le Verrier nunca pensó en Vulcano como un planeta del tamaño de la Tierra, sino más bien en un mundo diminuto, mucho más pequeño incluso que Mercurio, por lo que sus características parecían situarlo a medio camino entre los conceptos de asteroide y de planeta.

Teniendo en cuenta lo que actualmente sabemos acerca de Plutón, cuyo diámetro es de únicamente 2 370 kilómetros, no se puede descartar de forma categórica que haya algún cuerpo celeste de tamaño similar entre Mercurio y el Sol.

El 19 de noviembre de 1948, durante la totalidad de un eclipse de Sol observado en Arabia y Australia, fue descubierto un espectacular cometa desconocido hasta entonces, con una cola que alcanzó unos 20 grados de longitud en la oscuridad del cielo mientras la Luna ocultaba los rayos solares.

Su proximidad al Sol había impedido descubrirlo, pero gracias a su peculiar hallazgo el cometa catalogado como 1948-1 fue bautizado popularmente como «el cometa del eclipse». Tal vez el resplandor de Vulcano se asome algún día entre las sombras de un eclipse para dar la razón a Le Verrier.

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